El Avaro
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PERSONAJES
HARPAGÓN1, padre de Cleanto y de Elisa, y enamorado de Mariana. CLEANTO, hijo de Harpagón, amante de Mariana. ELISA, hija de Harpagón, y amante de Valerio. VALERLO, hijo de Anselmo, y amante de Elisa. MARIANA, amante de Cleanto y amada de Harpagón. ANSELMO, padre de Valerio y de Mariana. FROSINA, mujer de intriga. MAESE SIMÓN, comisionista. MAESE JACOBO, cocinero y cochero de Harpagón. LA FLECHA, lacayo de Cleanto. DAMA CLAUDIA, sirvienta de Harpagón. LA MERLUZA, BRINDAVOINE, lacayos de Harpagón UN COMISARIO y SU PASANTE.
La acción es en París, en casa de Harpagón.
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Papel que desempeñó Moliére en el estreno de la obra.
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ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA Valerio, Elisa
VALERIO ¿Cómo, encantadora Elisa, os ponéis melancólica después de las halagadoras seguridades que sobre vuestro sentimiento habéis tenido la bondad de darme? ¡Ay, os veo suspirar en medio de mi dicha! ¿Es que lamentáis, decidme, haberme hecho feliz, y os arrepentís de este compromiso, o mi pasión ha podido contrariaros? ELISA No, Valerio, no puedo arrepentirme de nada de lo que hago por vos. Me siento arrastrada a ello por una fuerza demasiado dulce y ni siquiera tengo energías para desear que las cosas no ocurrieran así. Pero, para seros sincera, me inquieta su resultado; y temo mucho amaros algo más de lo que debería. VALERIO Oh, Elisa, ¿qué podeis temer por las bondades que tenéis para conmigo? ELISA ¡Ay, cien cosas a la vez! El enojo de un padre, los reproches de mi familia, las censuras del mundo; pero más que todo la inconstancia de vuestro corazón, Valerio, y esa criminal frialdad con que los de vuestro sexo pagan muy a menudo los testimonios demasiado ardientes de un inocente amor. VALERIO ¡Ah, no me hagáis la ofensa de juzgarme por los demás! Elisa, sospechad de mí cualquier cosa, menos la de que puedo faltar a lo que os debo: os amo demasiado para ello y mi amor por vos durará tanto como mi vida. ELISA Ah, Valerio, todos hablan de esa manera. Todos los hombres son iguales en las palabras; es sólo por los actos que se los descubre diferentes. VALERIO Puesto que sólo los actos hacen conocer lo que somos, esperad al menos para juzgar por ellos mi corazón, y no me busquéis crímenes en los injustos temores de una previsión ofensiva. No me asesinéis, os lo ruego, con los sensibles golpes de una sospecha ultrajante, y dadme tiempo para convenceros, con mil y mil pruebas, de la honestidad de mis deseos. ELISA ¡Ay, con qué facilidad nos dejamos persuadir por los seres amados! Sí, Valerio, creo en vuestro corazón incapaz de engañarme. Creo que me amáis con verdadero amor, y que me seréis fiel; no quiero dudar de ello en absoluto, y atribuyo mi pesar a la aprensión de las críticas que podrán hacerme. VALERIO ¿Pero por qué esa inquietud?
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ELISA Nada tendría que temer si todo el mundo os mirara con mis mismos ojos, pues en vuestra persona encuentro razón para todo cuanto por vos hago. Mi corazón tiene todo vuestro mérito como defensa, apoyado por el socorro de un reconocimiento hacia vos al que me compromete el cielo. A toda hora me represento ese espantoso peligro que por primera vez nos ofreció a las miradas el uno del otro; aquella generosidad sorprendente que os hizo arriesgar vuestra vida para robar la mía al furor de las ondas; los cuidados llenos de ternura de que me hicisteis objeto después de haberme sacado del agua, y los homenajes asiduos de tan ardiente amor que ni el tiempo ni las dificultades han arredrado, y que haciéndoos descuidar padres y patria, detiene vuestros pasos en este sitio, mantiene aquí en favor mío disfrazada vuestra fortuna, y os ha reducido para verme, a revestiros con la libertad de doméstico de mi padre. Sin duda, todo esto produce en mí un efecto maravilloso; y es suficiente a mis ojos para justificar el compromiso en que he podido consentir; pero acaso no sea bastante para justificarlo ante los otros, y no estoy segura de que mis sentimientos sean aprobados. VALERIO De cuanto habéis dicho, por mi amor pretendo merecer algo ante vos; y en cuanto a vuestros escrúpulos, vuestro mismo padre se cuida demasiado de jusficaros ante el mundo, pues el exceso de su avaricia y el austero tren de vida que lleva con sus hijos, podrían autorizar cosas aún más extrañas. Perdonadme si hablo así en vuestra presencia. Vos sabéis que nunca se podría decir bastante sobre este punto. Pero en fin, si como lo espero, puedo encontrar a mis padres, nos nos dará mucho trabajo tornarlo favorable. Estoy esperando noticias con impaciencia, y si tardan en venir, iré a buscarlas por mí mismo. ELISA Ah, Valerio, os lo suplico, no os mováis de aquí, y tratad solamente de quedar bien a los ojos de mi padre. VALERIO Ya véis cómo me preocupo de ello, y las diestras complacencias que he necesitado utilizar para introducirme en su servicio; la máscara de simpatía y de comunidad de sentimientos bajo la cual me disfrazo para complacerle, y el personaje que represento todos los días con él a fin de adquirir su benevolencia. Hago en ello progresos admirables; y compruebo que para ganar a los hombres, no hay mejor camino que adornarse a sus ojos con sus mismas inclinaciones, aseverar sus máximas, incensar sus defectos, y aplaudir a cuanto hacen. Ningún temor hay que tener de cargar demasiado en la complacencia; por mucho que el juego sea visible, los más sutiles se vuelven siempre grandes tontos cuando de la adulación se trata; y no hay nada, por impertinente y ridículo que sea, que no se les pueda hacer tragar sazonándolo con alabanzas. La sinceridad sufre un poco en el oficio que desempeño; pero cuando se tiene necesidad de los hombres, es preciso acomodarse a ellos; y puesto que no se les puede ganar sino por ese medio, la culpa no es de los que adulan, sino de los que quieren ser adulados. ELISA ¿Pero por qué, no tratáis de ganar también el apoyo de mi hermano, por si la sirvienta llegara a revelar nuestro secreto? VALERLO No es posible atraerse al uno y al otro; el espíritu del padre y el hijo son cosas tan opuestas, que es difícil acomodar juntas esas dos confianzas. Pero por vuestra parte, pro-
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ceded vos cerca de vuestro hermano, y servíos de la amistad que hay entre vosotros para unirlo a nuestros intereses. Me retiro porque ahí viene. Aprovechad este momento para hablarle; y no le descubráis nuestro asunto hasta que lo juzguéis conveniente. ELISA No sé si tendré el valor de hacerle esta confidencia.
ESCENA SEGUNDA Cleanto, Elisa
CLEANTO Me alegro, hermana, de encontraros sola; ardía en deseos de hablaros, para confiaros un secreto. ELISA Hermano, estoy pronta a oíros. ¿Qué tenéis que decirme? CLEANTO Muchas cosas, hermana mía, concentradas en una sola palabra: amo. ELISA ¿Amáis? CLEANTO Sí, amo. Pero antes de ir más lejos, sé que depende de un padre, y que el dictado de hijo me somete a su voluntad: que no debemos comprometer nuestra palabra sin el consentimiento de los autores de nuestros días; que el Cielo los ha hecho dueños de nuestros propósitos, y que nos está ordenado no disponer de ellos sino bajo su dirección; que no encontrándose prevenidos por ningún loco ardor, están en condiciones de engañarse mucho menos que nosotros, y de ver mucho mejor lo que nos conviene; que en esto vale más creer a las luces de su prudencia que a la ceguera de nuestra pasión; y que los arrebatos de la juventud nos arrastran muy a menudo a peligrosos precipicios. Os digo todo esto, hermana, a fin de que no os toméis la molestia de decírmelo; porque en último término mi amor no quiere oír nada y os ruego que no me hagáis reconvenciones. ELISA Hermano, ¿os habéis comprometido con la que amáis? CLEANTO No, pero estoy resuelto a ello; y una vez más os conjuro a que no traigáis razones para disuadirme. ELISA ¿Soy acaso una persona tan terrible, hermano? CLEANTO No, hermana; pero vos no amáis: ignoráis la dulce violencia que un tierno amor ejerce sobre nuestros corazones; y temo vuestra discreción. ELISA Ay hermano mío, no hablemos de mi discreción. No hay persona a la que no le falte, al menos una vez en su vida; y si os abriera mi corazón, quizá sería yo a vuestros ojos muchos menos discreta que vos. CLEANTO Ah, plegue al Cielo que vuestra alma, como la mía...
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ELISA Terminemos antes vuestro asunto, y decidme quién es la que amáis. CLEANTO Una joven que se aloja desde hace poco en este barrio, y que parece estar hecha para inspirar amor a cuantos la ven. La naturaleza, hermana mía, no ha creado nada más adorable; yo me sentí transportado desde el momento en que la vi. Se llama Mariana, y vive bajo la guarda de una anciana madre, casi siempre enferma, y por quien esta amable niña experimenta un afecto inimaginable. La atiende, la compadece y la consuela con una ternura que os llegaría al alma. Se aplica a las cosas que hace con el aire más encantador del mundo, y en todas sus acciones se ven brillar mil gracias: una dulzura llena de atractivos, una bondad alentadora, una cortesía adorable, una... Ah, hermana, quisiera que la hubieseis visto. ELISA La veo perfectamente, hermano, a través de las cosas que decís; y para comprender lo que es, me basta con que vos la améis. CLEANTO He descubierto indirectamente que no están muy bien de fortuna, y que su discreto régimen de vida apenas consigue equiparar los bienes que puedan tener a sus necesidades. Figuraos, hermana, qué dicha podría ser el mejorar la situación de la persona que uno ama; aportar hábilmente algunos pequeños socorros a las modestas necesidades de una virtuosa familia; y concebid el disgusto que me produce ver que por la avaricia de un padre, me hallo en la imposibilidad de gozar esa dicha, y de ofrecer a esa bella ningún testimonio de mi amor. ELISA Sí, hermano, concibo perfectamente lo que ha de ser vuestro pesar. CLEANTO Ah, hermana mía, es más grande de lo que pudiera creerse. Porque, en fin, ¿puede haber nada más cruel que esta estrechez rigurosa que sobre nosotros ejercen, que esta sequía espantosa en la que nos hacen languidecer? ¿Y de qué nos sirve tener fortuna, si no ha de venir a nuestras manos más que en época en que estemos ya en buena edad para gozarla, y si hasta para mantenerme ahora es preciso que me empeñe por todos lados, si estoy reducido como vos a buscar todos los días la ayuda de los comerciantes para tener algún medio de llevar trajes decentes? En fin, he querido hablaros para que me ayudéis a sondear a mi padre acerca de esta pasión mía; y si lo encuentro contrario a ella, he resuelto irme a otro país, con esta amable persona, a gozar de la suerte que el Cielo quiera ofrecernos. Con ese objeto, estoy haciendo buscar por todas partes dinero a préstamo; y si vuestros asuntos, hermana, son semejantes a los míos, y sucede que nuestro padre se oponga a nuestros deseos, lo abandonaremos ambos y nos libertaremos de esta tiranía en que nos tiene desde hace tanto tiempo su avaricia insoportable. ELISA Es muy cierto que cada día nos da más y mayores motivos para lamentar la muerte de nuestra madre y que... CLEANTO Oigo su voz. Alejémonos un poco para acabar mutuamente nuestra confidencia; y luego uniremos nuestras fuerzas para venir a atacar la dureza de su
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carácter.
ESCENA TERCERA Harpagón, La Flecha
HARPAGÓN Fuera de aquí inmediatamente y que no se me replique más. Vamos, a volar de aquí, maestro de pícaros, mal racimo de horca. LA FLECHA (aparte) Jamás he visto nada más malo que este maldito viejo, y me parece, con perdón sea dicho, que tiene el diablo en el cuerpo. HARPAGÓN Murmuras entre dientes. LA FLECHA ¿Por qué me arrojáis? HARPAGÓN Es a ti, bellaco, a quien te corresponde pedirme razones: márchate pronto, que no te mate. LA FLECHA ¿Qué es lo que os he hecho? HARPAGÓN Me has hecho que quiero que te marches. LA FLECHA Vuestro hijo, mi amo, me ha dado orden de esperarle. HARPAGóN Vete a esperarlo en la calle, y no te quedes aquí plantado como una estaca, para observar cuanto pase y aprovecharte de todo. No quiero tener ante mí sin cesar un espía de mis negocios, un traidor cuyos malditos ojos asedian todos mis actos, devoran lo que poseo y registran por todas partes para ver si hay algo que robar. LA FLECHA ¿Cómo diantres queréis que se haga para robaros? ¿Sois hombre robable, cuando encerráis todas las cosas y hacéis de centinela día y noche? HARPAGÓN Encerraré lo que bien me parezca y haré de centinela como se me ocurra. ¿Pues no hay más, sino que los espías vengan a pedir cuenta de lo que uno hace? (Bajo, aparte.) Tiemblo de que haya sospechado algo sobre mi dinero. (Alto.) ¿Tú eres hombre capaz de hacer correr el rumor de que yo tengo en casa dinero escondido? LA FLECHA ¿Tenéis dinero escondido? HARPAGÓN No, pillastre, no digo eso. (Bajo.) Yo reviento. (Alto.) Te pregunto si tú no irás a hacer correr maliciosamente el rumor de que lo tengo. LA FLECHA ¡Eh! ¿Qué nos importa que lo tengáis o que no lo tengáis si para nosotros es la misma cosa?
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HARPAGÓN ¡Te vuelves respondón! ¡Ya te daré yo con tus razonamientos por las orejas! (Levanta la mano para darle un bofetón.) Fuera de aquí, una vez más. LA FLECHA ¡Bueno! Me voy. HARPAGÓN Espera. ¿No te me llevas nada? LA FLECHA ¿Qué podría llevarme? HARPAGÓN Ven aquí, que te vea. Muéstrame tus manos. LA FLECHA Aquí están. HARPAGÓN Las otras. LA FLECHA ¿Las otras? HARPAGÓN Sí. LA FLECHA Aquí están. HARPAGÓN (indicando los calzones de La Flecha) ¿No has metido nada ahí adentro? LA FLECHA Mirad vos mismo. HARPAGÓN (tanteando la parte inferior de los calzones de La Flecha) Estos grandes calzones son mandados hacer para con vertirse en depósitos de cosas robadas; me gustaría que hubieran hecho ahorcar a alguno. FLECHA (aparte) ¡Ah, cuanto merecería un hombre como éste que le ocu- rriera lo que teme! ¡Con qué gusto le robaría yo! HARPAGÓN ¿Eh? FLECHA ¿Qué? HARPAGÓN ¿Qué estás hablando de robar? FLECHA Digo que reviséis bien por todas partes a ver si os he robado. HARPAGÓN Es lo que quiero hacer. (Revisa los bolsillos de La Fle cha.) LA FLECHA (aparte) ¡Malditos sean la avaricia y los avarientos! HARPAGÓN ¿Cómo? ¿Qué dices?
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LA FLECHA ¿Qué digo? HARPAGÓN Sí: ¿qué es lo que dices de avaricia y de avarientos?' LA FLECHA Digo que la peste se lleve a la avaricia y los avarientos. HARPAGÓN ¿De quién quieres hablar? LA FLECHA De los avarientos. HARPAGÓN ¿Y quiénes son, esos avarientos? FLECHA Los ruines y los roñosos. HARPAGÓN ¿Pero qué es lo que quieres decir con eso? FLECHA ¿De qué os preocupáis? HARPAGÓN Me preocupo de lo que corresponde. LA FLECHA ¿Acaso creéis que quiero hablar de vos? HARPAGÓN Yo creo lo que creo; pero quiero que me digas de quién hablas cuando dices eso. LA FLECHA Hablo... me hablo a mí mismo. HARPAGÓN Y por mi parte, bien podría yo hablarle a tus costillas. LA FLECHA ¿Me impediréis vos maldecir a los avarientos? HARPAGÓN No; pero te impediré charlar y ser insolente. Cállate. LA FLECHA Yo no nombro a nadie. HARPAGÓN Si hablas, te zurraré. LA FLECHA Al que le caiga el sayo que se lo ponga. HARPAGÓN ¿Te callarás? LA FLECHA Sí, muy a pesar mío. HARPAGÓN ¡Ah! ;Ah! LA FLECHA (mostrándole uno de los bolsillos de su jubón) Mirad, aquí hay un bolsillo más: ¿estáis satisfecho?
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HARPAGÓN Vamos, devuélvemelo sin que te registre. LA FLECHA ¿Qué? HARPAGÓN Lo que me has robado. LA FLECHA Yo no os he robado nada en absoluto. HARPAGÓN ¿Seguro? LA FLECHA Seguro. HARPAGÓN Adiós: vete al diablo. LA FLECHA (aparte) Heme aquí muy bien despedido. HARPAGÓN Al menos, lo cargo sobre tu conciencia.
ESCENA CUARTA
HARPAGÓN (solo) Cuánto me molesta este pícaro de lacayo; no me hace ninguna gracia ver a este perro rengo. Cierto que no es poco trabajo guardar en la propia casa una gran suma de dinero; bien feliz es el que tiene colocada toda su fortuna y no conserva más que lo necesario para sus gastos. Trabajo le doy a cualquiera para encontrar en toda la casa un escondrijo fiel; pues por mi parte las cajas fuertes me son sospechosas, no he de fiarme de ellas, jamás: me parecen justamente un verdadero cebo para los ladrones, y son siempre la primera cosa que atacan. ESCENA QUINTA Harpagón, Elisa y Cleanto, que hablan bajo y permanecen en el fondo del escenario HARPAGÓN (creyéndose solo) Sin embargo, no sé si habré hecho bien enterrando en mi jardín diez mil escudos que me entregaron ayer. Diez mil escudos en oro son en la casa una suma bastante... (A par te, viendo a Elisa y Cleanto.) Oh, cielos, si me habré traicionado a mí mismo: me he dejado llevar y creo que he hablado alto al discutir conmigo mismo. (A Cleanto y E'' sa.) ¿Qué hay? ELISA Nada, padre mío. HARPAGÓN ¿Hace mucho que estabais ahí? ELISA Acabamos de llegar. HARPAGÓN ¿Habéis oído...? CLEANTO
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¿Qué, padre? HARPAGÓN ¿Lo que acabo de decir? CLEANTO No. HARPAGÓN Sí, sí oísteis.. ELISA Perdonadme. HARPAGÓN Bien veo que habéis oído algunas palabras. Es que hablaba conmigo mismo de lo difícil que es hoy por hoy encontrar dinero, y me decía que es bien feliz quien puede tener diez mil escudos encima. CLEANTO Vacilábamos en abordaros, por temor de interrumpiros. HARPAGÓN Me alegro de deciros esto, a fin de que no vayáis a tomar las cosas al revés, y a imaginaros que digo que soy yo quien tengo diez mil escudos. CLEANTO Nosotros no nos inmiscuimos en vuestros asuntos. HARPAGÓN ¡Pluguiera a Dios que tuviera yo diez mil escudos! CLEANTO No creo que... HARPAGÓN Sería un buen negocio para mí. ELISA Esas son cosas... HARPAGÓN Buena falta me harían. CLEANTO Yo pienso que... HARPAGÓN Eso me vendría muy bien. ELISA Vos sois... HARPAGÓN Y no me quejaría, como lo hago, de lo malos que están los tiempos. CLEANTO Dios mío, padre, vos no tenéis motivo para quejaros, pues sabido es que tenéis fortuna. HARPAGÓN ¿Cómo? ¡Que yo tengo fortuna! Mienten quienes lo digan. No hay nada más falso; son los pillastres los que hacen correr esos rumores. ELISA No os encolericéis. HARPAGÓN
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Es extraño que mis propios hijos me traicionen y se vuelvan enemigos míos. CLEANTO ¿Es convertirse en vuestro enemigo, decir que tenéis fortuna? HARPAGÓN Sí; las palabras como esas y los gastos que hacéis serán causa de que cualquiera de estos días vengan a degollarme en mi casa, pensando que estoy todo forrado de doblones. CLEANTO ¿Cuáles son los grandes gastos que hago yo? HARPAGÓN ¿Cuáles? ¿Hay nada más escandaloso que ese suntuoso tren que ostentáis por la villa? Ayer reprendía yo a vuestra hermana; pero esto es todavía peor. Es algo que clama al cielo; tomando cuanto lleváis de la cabeza a los pies, habría con qué constituir una buena renta. Os lo he dicho veinte veces, hijo mío, todos vuestros procederes me disgustan mucho: os inclináis furiosamente a la moda de los marqueses; y 'para poder vestir así tenéis que robarme, por fuerza. CLEANTO ¡Eh! ¿Cómo robaros? HARPAGÓN ¿Qué sé yo? ¿Dónde conseguís entonces con qué mantener vuestro modo de vivir? CLEANTO ¿Yo, padre mío? Es que juego; y como tengo mucha suerte, me echo encima todo el dinero que gano. HARPAGÓN Está muy mal hecho. Si sois afortunado en el juego, deberíais aprovechar y colocar a un discreto interés el dinero que ganáis, a fin de recobrarlo un día. ¿Me gustaría saber, sin hablar del resto, para qué sirven todas esas cintas con las que os veo, relleno de pies a cabeza, y si media docena de agujetas no bastan para atar unos calzones? No veo la necesidad de emplear dinero en pelucas, cuando se pueden llevar cabellos propios que no cuestan nada. Apuesto que en pelucas y cintas hay por lo menos veinte doblones; y veinte doblones reditúan por año dieciocho libras, seis sueldos y ocho dineros sin más que colocarlos al uno por doce. CLEANTO Tenéis razón. HARPAGÓN Dejemos esto y hablemos de otro asunto. (Viendo a Cleanto y Elisa que se hacen señas.) ¿Eh? (Bajo, aparte.) Me parece que se hacen señas uno al otro de robarme mi bolsa. (Alto.) ¿Qué quieren decir esos gestos? ELISA Arreglamos, mi hermano y yo, quién hablará primero, pues ambos tenemos algo que deciros. HARPAGÓN Y yo también tengo que deciros algo a los dos. CLEANTO Padre mío, es de casamiento que deseamos hablaros. HARPAGÓN Y es de casamiento también que yo quiero hablar con vosotros.
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ELISA ¡Ah, padre mío! HARPAGÓN ¿Por qué ese grito, hija? ¿Es la palabra o la cosa lo que os atemoriza? CLEANTO El matrimonio puede darnos miedo a los dos, según la forma en que vos lo entendáis; pues tememos que nuestros sentimientos no estén de acuerdo con vuestra elección. HARPAGÓN Un poco de paciencia. No os alarméis. Sé lo que os conviene a ambos; y ni el uno ni el otro tendréis ningún motivo de queja por lo que pretendo hacer. Y para empezar por alguna parte: (a Cleanto) decidme, ¿conocéis a una joven llamada Mariana que se domicilia no lejos de aquí? CLEANTO Sí, padre mío. HARPAGÓN (a Elísa) ¿Y vos? ELISA He oído hablar de ella. HARPAGÓN ¿Qué os parece esa niña, hijo? CLEANTO Una bellísima persona. HARPAGÓN ¿Su fisonomía? CLEANTO Honestísima y llena de ingenio. HARPAGÓN ¿Su aire y sus maneras? CLEANTO Admirables, sin duda. HARPAGÓN ¿No creéis que una niña así merecería ampliamente que se pensara en ella? CLEANTO Sí, padre mío. HARPAGÓN ¿Y que sería un partido muy deseable? CLEANTO Muy deseable. HARPAGÓN ¿Que su cara promete una buena dueña de casa? CLEANTO Sin duda. HARPAGÓN ¿Y que un marido estaría satisfecho con ella? CLEANTO Seguramente.
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HARPAGÓN Hay una pequeña dificultad: y es que tengo miedo de que no sea dueña de toda la fortuna que se podría pretender. CLEANTO Ah, padre, la fortuna no interesa cuando se trata de casarse con una gentil persona. HARPAGÓN Perdonadme, perdonadme. Pero lo que a mí me parece es que si no se encuentra toda la fortuna que se desea, se puede tratar de compensar esto con alguna otra cosa. CLEANTO Eso se comprende. HARPAGÓN En fin, estoy contento de veros aprobar mis sentimientos porque su honesta conducta y su dulzura me han ganado el alma, y estoy resuelto a desposarla siempre que sea dueña de algún patrimonio. CLEANTO ¿Eh? HARPAGÓN ¿Cómo? CLEANTO ¿Estáis resuelto, decís...? HARPAGÓN A casarme con Mariana. CLEANTO ¿Quién, vos? ¿Vos? HARPAGÓN Sí, yo, yo, yo. ¿Qué quiere decir eso? CLEANTO Bruscamente me ha tomado un mareo; yo me retiro. HARPAGÓN Eso no será nada. Id rápido a la cocina a beber un gran vaso de agua pura.
ESCENA SEXTA Harpagón, Elisa
HARPAGÓN Vaya con los pisaverdes alfeñicados, que no tienen más vigor que un pollo. Hija mía, eso es lo que he resuelto con respecto a mí. Con respecto a tu hermano, le destino cierta viuda de quien me han venido a hablar esta mañana; y en cuanto a ti, te otorgo al señor Anselmo. ELISA ¿Al señor Anselmo? HARPAGÓN Sí, un hombre maduro, prudente y discreto, que no tiene más de cincuenta años y de quien se elogia la gran fortuna.
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ELISA (haciendo una reverencia) Padre, con vuestro permiso, yo no quiero casarme. HARPAGÓN (devolviéndole la reverencia) Y yo, hijita, amiga mía, quiero que os caséis, con vuestro permiso. ELISA (volviendo a hacer una reverencia) Os pido perdón, padre mío. HARPAGÓN (imitando a Plisa) Os pido perdón, hija mía. ELISA Soy la humildísima servidora del señor Anselmo; pero (haciendo de nuevo una reverencia) con vuestro permiso, no me casaré con él. HARPAGÓN Yo soy vuestro humildísimo lacayo; pero (imitando a Elisa) con vuestro permiso, os casaréis con él esta tarde. ELISA ¿Esta tarde? HARPAGÓN Esta tarde. ELISA (haciendo otra reverencia más) Eso no ocurrirá, padre. HARPAGÓN (imitando uva vez más a Elisa) Eso ocurrirá, hija. ELISA No. HARPAGÓN si. ELISA Os digo que no. HARPAGÓN Os digo que sí. ELISA Es cosa a la que no me reduciréis. HARPAGÓN Es cosa a la que te reduciré. ELISA Me mataré antes que desposar a semejante marido. HARPAGÓN No te matarás y te casarás con él. ¡Pero ved qué audacia! ¿Se ha visto jamás a una hija hablar de esa manera a su padre? ELISA ¿Pero se ha visto jamás a un padre casar de esa manera a su hija? HARPAGÓN Es un partido que no tiene nada de criticable; y apuesto a que todo el mundo aprobará mi elección. ELISA Y yo por mi parte apuesto a que no podrá ser aprobado por ninguna persona razonable.
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HARPAGÓN (apercibiendo de lejos a Valerlo) Allí está Valerio: ¿quieres que entre los dos le hagamos juez de nuestro pleito? ELISA Consiento en ello. HARPAGÓN ¿Te inclinarás ante su juicio? ELISA Sí, pasaré por lo que él diga. HARPAGÓN Pues es cosa hecha.
ESCENA SÉPTIMA Valerio, Harpagón, Elisa
HARPAGÓN Aquí, Valerio. Te hemos elegido para que nos digas quién tiene razón, si mi hija o yo. VALERIO Vos, señor, sin duda alguna. HARPAGÓN ¿Sabéis acaso de lo que hablamos? VALERIO No; pero vos no podríais equivocaros, pues sois todo razón. HARPAGÓN i Quiero darle esta tarde por esposo a un hombre tan rico como discreto; y la pícara me dice en mi propia cara que se burla de mi orden. ¿Qué dices de esto? VALERIO ¿Lo que yo digo? HARPAGÓN Sí. VALERIO Eh, eh... HARPAGÓN ¿Cómo? VALERIO Digo que en el fondo soy de vuestra opinión; vos no podéis tener sino razón. Pero tampoco ella se equivoca completamente, y... HARPAGÓN ¿Cómo? El señor Anselmo es un partido considerable; es un gentilhombre noble, dulce, tranquilo, discreto, y muy acomodado, al que no queda ningún hijo de su primer matrimonio. ¿Podría ella encontrar algo mejor? VALERIO Eso es cierto. Pero ella podría deciros que precipitáis algo las cosas, y que se precisaría al menos algún tiempo para ver si su inclinación podrá acordarse con...
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HARPAGÓN Se trata de una ocasión que hay que pescar al vuelo. Yo encuentro aquí ventajas que no encontraría en otra parte, pues se compromete a tomarla sin dote. VALERIO ¿Sin dote? HARPAGÓN Sí. VALERIO Ah, entonces no he dicho nada. ¿Veis? Esa es una razón absolutamente convincente; hay que rendirse a ella. HARPAGÓN Para mí es una economía considerable. VALERIO Seguramente, eso no admite discusión. Es cierto que vuestra hija puede alegaros que el matrimonio es un asunto más serio de lo que se cree; que de él depende el que se sea feliz o desgraciado toda la vida; y que un compromiso que debe durar hasta la muerte no debe hacerse nunca sino con grandes precauciones. HARPAGÓN Sin dote. VALERIO Tenéis razón: he aquí algo que todo lo decide, eso se comprende. Hay gentes que podrían deciros que en tales ocasiones la inclinación de una niña es cosa que se debe tener en cuenta indudablemente; y que una desigualdad tan grande de edad, de humor y de sentimientos, expone a un matrimonio a ser víctima de accidentes muy enojosos. HARPAGÓN Sin dote. VALERIO Ah, a esto no se le replica; es bien sabido; ¿quién diantres puede llevarle la contra? No es que no se encuentren infinidad de padres que preferirían contemplar la satisfacción de sus hijas antes que el dinero que pudieran producir; que no querrían sacrificarlas al interés y que buscarían antes que cualquier otra cosa introducir en el matrimonio esa dulce conformidad que sin cesar mantiene en él el honor, la tranquilidad y la dicha, y que... HARPAGÓN Sin dote. VALERLO Es cierto: esto cierra la boca a todo el mundo: sin dote. ¿De qué manera resistir a una razón semejante? HARPAGÓN (aparte, mirando hacia el jardín) ¡Hola! Me parece que oigo ladrar un perro. ¿No será que están codiciando mi dinero? (A Valerio.) Esperadme, vuelvo en seguida.
ESCENA OCTAVA Elisa, Valerio
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ELISA ¿Bromeáis, Valerio, hablándole como lo hacéis? VALERLO Es para no agriarlo y alcanzar mejor nuestro fin. Herir de frente sus sentimientos sería estropearlo todo; hay ciertos espíritus con los que no hay que proceder sino oblicuamente, temperamentos enemigos de toda resistencia, naturalezas reacias a las que la verdad irrita, que se resisten siempre al recto camino de la razón, y a las que no se lleva sino por rodeos a donde se las quiere conducir. Aparentad que consentís en lo que desea, alcanzaréis mejor vuestros fines y... ELISA ¿Pero ese matrimonio, Valerio? VALERIO Buscaremos ardides para romperlo. ELISA ¿Pero qué invención encontrar si debe realizarse esta tarde? VALERIO Hay que pedir un aplazamiento fingiendo alguna enfermedad. ELISA Pero descubrirán la simulación si se llaman médicos. VALERIO ¿Os reís? ¿Acaso comprenden algo? Quitad, quitad, con ellos podréis tener la enfermedad que os plazca, ya encontrarán razones para deciros a qué se debe.
ESCENA NOVENA Harpagón, Elisa, Valerio
HARPAGÓN (aparte, en el fondo del escenario) No es nada, gracias a Dios. VALERIO (sin ver a Harpagón) En fin, nuestro último recurso es que la fuga puede ponernos a cubierto de todo; y si vuestro amor, bella Elisa, es capaz de firmeza... (Apercibe a Harpagón.) Sí, preciso es que una hija obedezca a su padre. Ella no tiene porqué preocuparse del aspecto de un marido; y cuando sobreviene la gran razón de sin dote, debe estar pronta a tomar lo que se le da. HARPAGÓN Bueno. Eso es hablar bien. VALERIO Señor, os pido perdón si me arrebato un poco, y me tomo la libertad de hablarle como lo hago. HARPAGÓN ¿Cómo? Si estoy encantado, y quiero que asumas sobre ella un poder absoluto. (A Elisa.) Sí, es inútil que huyas. Yo le otorgo la autoridad que el Cielo me dio sobre ti, y entiendo que has de hacer cuanto te diga.
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VALERIO (a Elisa) Después de esto, resistid a mis exhortaciones. ESCENA DÉCIMA Harpagón, Valerio VALERIO Señor, voy a seguirla para continuar aleccionándola como lo hacía. HARPAGÓN Sí, me obligarás coda ello. Ciertamente... VALERIO Bueno es tenerla un poco a rienda corta. HARPAGÓN Claro que sí. Es preciso... VALERIO No os preocupéis. Me parece que yo conseguiré hacerlo. HARPAGÓN Hazlo. hazlo. Yo voy a dar un paseíto por la ciudad y vuelvo en seguida. VALERIO (dirigiendo la palabra a Elisa, al marcharse por donde ella ha salido) Sí, el digiero es más precioso que todas las cosas del mundo, y debéis dar gracias al Cielo por el hombre honesto que os ha dado como padre. Él sabe lo que es vivir. Cuando se ofrecen a aceptar una niña sin dote, no se debe mirar ya más lejos. Todo está comprendido en ello, y sin dote hace las veces de belleza, juventud, nacimiento, honor, discreción y probidad, HARPAGÓN ¡Ah, bravo muchacho! Helo ahí, hablando como un oráculo. ¡Feliz quien puede tener un servidor semejante!
ACTO SEGUNDO
ESCENA PRIMERA Cleanto, La Flecha
CLEANTO ¡Ah, qué traidor eres! ¿Dónde has ido a meterte? ¿No te había dado orden...? LA FLECHA Sí, señor, y me había dirigido aquí para esperaros a pie firme; pero vuestro señor padre, el más malhumorado de los hombres, me echó a pesar mío y corrí el riesgo de ser apaleado. CLEANTO ¿Cómo va nuestro negocio? Las cosas apremian más que nunca; durante el tiempo en que no te he visto, he descubierto que mi padre es mi rival. FLECHA ¿Vuestro padre enamorado?
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CLEANTO Sí; y me ha costado un trabajo ímprobo ocultarle la turbación que me ha producido esa nueva. FLECHA ¡Él, meterse a amar! ¿En qué diablos piensa? ¿Se ríe de la gente? ¿Acaso el amor ha sido hecho para las personas de su condición? CLEANTO Era preciso, por mis pecados, que se le metiera esta pasión en la cabeza. FLECHA ¿Pero por qué causa hacerle misterio de vuestro amor? CLEANTO Para inspirarle menos sospechas y conservarme en caso necesario medios más fáciles para impedir ese casamiento. ¿Qué respuesta te han dado? LA FLECHA ¡A fe mía, señor, los que piden en préstamo son bien desdichados! Hay que soportar terribles cosas cuando se está reducido como vos a pasar por manos de los usureros. CLEANTO ¿No se hará el negocio? LA FLECHA Perdonadme. Nuestro maese Simón, el corredor que nos han procurado, hombre activo y lleno de celo, dice que se ha jugado íntegro por vos, y asegura que vuestra fisonomía sola le ha robado el corazón. CLEANTO ¿Tendré los quince mil francos que pido? LA FLECHA Sí; pero con algunas pequeñas condiciones que será preciso que aceptéis si tenéis el propósito de que las cosas marchen. CLEANTO ¿Te ha hecho hablar con quien debe prestar el dinero? LA FLECHA Ah, verdaderamente, esto no se hace en esa forma. Él tiene todavía más cuidado que vos en ocultarse, y son estos misterios más grandes de lo que pensáis. No quieren decir su nombre de ningún modo, y hoy deben abocarlo con vos, en una casa prestada, para que sea instruido por vuestra boca de vuestra fortuna y la de vuestra familia; por mi parte no dudo de que el nombre sólo de vuestro padre vuelva fáciles las cosas. CLEANTO Y principalmente estando muerta nuestra madre, cuya fortuna no pueden quitarme. LA FLECHA Aquí tenéis algunos artículos que él mismo ha dictado a nuestro intermediario, para que os sean mostrados antes de hacer nada: "Suponiendo que el prestatario se vea ampliamente asegurado, y que el obligado sea mayor de edad, y de familia provista de una fortuna amplia, sólida, segura, clara y libre de todo accidente, se hará una buena y exacta obligación por ante notario, el más honesto que se encuentre, y a cuyo efecto será escogido por el prestatario al que mayormente importa que el acto sea debidamente redactado." CLEANTO
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Nada hay que decir a esto. LA FLECHA El prestatario, para no cargar su conciencia con ningún escrúpulo, pretende no dar su dinero sino al seis por ciento. CLEANTO ¿Al seis por ciento? ¡Pardiez! Es muy honesto. No hay de qué quejarse. LA FLECHA Es cierto. "Como dicho prestatario no tiene consigo la suma en cuestión, sino que por complacer al obligado se ve constreñido él mismo a solicitarla a otro sobre la base del 20 por ciento, se convendrá en que el dicho primer obligado pague ese interés, sin perjuicio del resto, atendido a que es sólo para favorecerlo que el dicho prestatario se compromete a este préstamo." CLEANTO ¡Cómo diablos! ¿Qué judía, qué árabe es ése? Es superior al 25 por ciento. LA FLECHA Cierto; es lo que yo he dicho. Vos decidiréis al respecto. CLEANTO ¿Qué quieres tú que decida? Tengo necesidad de dinero; es preciso que consienta en todo. LA FLECHA Esa es la respuesta que yo he dado. CLEANTO ¿Hay todavía algo más? LA FLECHA Sólo un articulito. "De los quince mil francos que se piden, el prestatario no podrá entregar en dinero más que doce mil libras, y en cuanto a los mil escudos restantes, será preciso que el obligado acepte las ropas, adornos y alhajas cuya lista va a continuación, y que dicho prestatatario ha valuado de buena fe al más módico precio que le ha sido posible." CLEANTO ¡Qué quiere decir esto? LA FLECHA Escuchad la lista: "primeramente una cama de cuatro columnas con bandas tapizadas de punto de Hungría, aplicadas muy elegantemente sobre paño color de aceituna, con seis sillas y la colcha de lo mismo; todo bien conservado y forrado en tafetán tornasol rojo y azul; Más, un dosel con pabellón, de buena sarga de Aumale, color hoja seca, con fleco y, franjas de seda..." CLEANTO ¿Qué quiere que yo haga con eso? LA FLECHA Esperad. "Más, un papel de tapicería con los amores de Gombaut y de Macea; Más, una gran mesa de madera de nogal, de doce columnas o pilares torneados, que se alarga por los extremos, y provista debajo de sus seis escabeles..." CLEANTO
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¿Qué tengo que ver, pardiez...? LA FLECHA Tened paciencia. "Más, tres grandes mosquetes, íntegramente guarnecidos de madreperla, con las tres horquillas correspondientes; Más, un horno de ladrillo, con dos retortas, y tres recipientes, muy útiles para los aficionados a la destila ción... " CLEANTO Yo reviento. LA FLECHA Poco a poco. "Más, un laúd de Bolonia, provisto de todas sus cuer- das, o poco menos; Más, un chaquete y un damero, con un juego de dados tomado de los griegos, muy apropiados para pasar el tiempo cuando no se tiene nada que hacer; Más, una piel de lagarto de tres pies y medio, rellena de paja, curiosidad agradable para extenderla en el suelo de una habitación; Todo lo arriba mencionado, que vale lealmente más de cuatro mil quinientas libras, rebajado al valor de mil escudos por la discreción del prestatario." CLEANTO ¡Que la peste se lo coma con su discreción, a ese traidor, a ese verdugo! ¿Se ha visto jamás usura semejante? ¿Y no le basta con el rabioso interés que exige para querer todavía obligarme a tomar, por tres mil libras, los viejos trastos que amontona? Ni por doscientos escudos compraría yo eso; y sin embargo es preciso que me resuelva a consentir en lo que propone; porque se encuentra en situación de hacerme aceptarlo todo, y el maldito me tiene con la pistola al pecho. LA FLECHA Señor, con vuestro permiso, os veo en el mismo camino que seguía Panurgo para arruinarse, "tomando dinero en préstamo, comprando caro, vendiendo barato, y comiéndose su trigo verde". CLEANTO ¿Qué quieres que haga? He aquí a lo que se ven reducidos los jóvenes por la maldita avaricia de los padres; y después de esto se asustan de que los hijos deseen que se mueran. LA FLECHA Hay que convenir en que el vuestro excitaría contra su villanía al hombre más tranquilo del mundo. Yo, gracias a Dios, no tengo inclinaciones muy patibularias; y entre mis colegas a los que veo meterse en muchos pequeños negocios, sé sacar diestramente mis castañas del fuego y apartarme prudentemente de todas las hazañas que huelen poco o mucho a soga; pero si he de deciros la verdad, él con sus procedimientos me induce en tentación de robarlo; y robándolo, creería realizar una acción meritoria. CLEANTO Dame un poco esa lista, quiero leerla otra vez.
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ESCENA SEGUNDA Harpagón, Maese Simón, Cleanto y La Flecha en el fondo del escenario
MAESE SIMÓN Sí, señor, es un joven que tiene necesidad de dinero. Sus asuntos lo apremian para conseguirlo, y pasará por todo lo que prescribáis. HASPAGÓN ¿Pero, sabéis, Maese Simón, si no se arriesga algo en ello? ¿Y conocéis el nombre, los bienes y la familia de aquel por quién habláis? MAESE SIMÓN No, yo no puedo informaros bien a fondo, pues es sólo por casualidad que me han dirigido a él; pero seréis ampliamente satisfecho por él mismo; y su servidor me ha asegurado que quedaréis contento cuando le conozcáis. Todo lo que puedo deciros es que su familia es muy rica, que no tiene ya madre, y que si lo queréis, se comprometerá a que su padre muera antes de ocho meses. HARPAGÓN Algo es eso. La caridad, Maese Simón, nos obliga a complacer a las personas cuando podemos hacerlo. CLEANTO Eso se comprende. LA FLECHA (bajo, a Cleanto, reconociendo a Maese Simón) ¿Qué quiere decir esto? ¡Nuestro Maese Simón hablando a vuestro padre! CLEANTO (bajo a La Flecha) ¿Le habrán hecho saber quién soy? "¿Y serías tú capaz de traicionarnos? MAESE SIMÓN (a Cleanto y La Flecha) ¡Ah! ¡Ah! ¡Vosotros lleváis mucha prisa! ¿Quién es ha dicho que era aquí? (A Harpagón.) Al menos, señor, no soy yo quien les ha descubierto vuestro nombre y vuestro domicilio; pero a mi juicio no hay gran mal en esto. Son personas discretas y aquí podéis explicaros juntos. HARPAGÓN ¿Cómo? MAESE SIMÓN (señalando a Cleanto) El señor es la persona que quiere pediros en préstamo las quince mil libras de que os he hablado. HARPAGÓN ¿Cómo, bribón? ¿Eres tú quien te abandonas a estos culpables extremos? CLEANTO ¿Cómo, padre mío? ¿Sois vos quien os inclináis a esos actos vergonzosos? Simón huye u La Flecha corre a esconderse.)
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ESCENA TERCERA Harpagón, Cleanto
HARPAGÓN ¿Eres tú quien quieres arruinarte con préstamos tan condenables? CLEANTO ¿Sois vos quien tratáis de enriqueceros con usuras tan criminales? HARPAGÓN ¿Osas todavía, después de esto, comparecer ante mí? CLEANTO ¿Osáis todavía, después de esto, presentaros a los ojos del inundo? HARPAGÓN ¿No tienes vergüenza, dime, de llegar a estos desarreglos? ¿De precipitarte en gastos espantables? ¿Y de disipar vergonzosamente la fortuna que tus padres te han amasado con tantos sudores? CLEANTO ¿Y vos no enrojecéis de deshonrar vuestra condición con estos comercios que realizáis? ¿De sacrificar honor y reputación al 'deseo insaciable de amontonar escudo sobre escudo y de sobrepasar con respecto a intereses las más infames sutilezas que hayan inventado nunca los más célebres usureros? HARPAGÓN ¡Quítate de mi presencia, pillastre, quítate de mi presencia! CLEANTO ¿Quién es más criminal a vuestro juicio, el que compra un dinero del que tiene necesidad, o bien el que roba un dinero que no necesita para nada? HARPAGÓN Retírate, te digo, y no me calientes las orejas. (Solo.) No me ha molestado esta aventura; pues constituye un aviso para que tenga los ojos fijos más que nunca sobre todas
ESCENA CUARTA Frosina, Harpagón
FROSINA Señor... HARPAGÓN Esperad un momento; volveré para atenderos. (Aparte.) Conviene que eche una miradita a mi dinero. ESCENA QUINTA La Flecha, Frosina LA FLECHA (sin ver a Frosina) La aventura es graciosa a más no poder. Preciso es que tenga en alguna parte un amplio almacén de desechos, porque nada hemos reconocido en la lista que tenemos. FROSINA
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¡Eh! ¿Eres tú, mi pobre La Flecha? ¿A qué se debe este encuentro? LA FLECHA ¡Ah, ah! ¿Eres tú, Frosina? ¿Qué vienes a hacer aquí? FROSINA Lo que hago en todas partes: servir de intermediaria en los asuntos, hacerle servicios a la gente, y aprovechar lo mejor que puedo los talentillos que llegue a tener. Tú sabes que en este mundo hay que vivir diestramente, y que a las personas como yo el cielo no les ha dado otras rentas que la industria y la intriga. LA FLECHA ¿Tienes algún negocio con el dueño de casa? FROSINA Sí, estoy tramitando para él cierto asuntillo del que espero una recompensa. LA FLECHA ¿Suya? A fe mía, serás muy hábil si sacas algo; y te advierto que aquí el dinero es muy caro. FROSINA Hay ciertos servicios que conmueven maravillosamente. LA FLECHA Servidor. Tú no conoces todavía al señor Harpagón. El señor Harpagón es el hombre menos humano de todos los hombres, el mortal más duro y agarrado entre todos los mortales. No hay servicio que comprometa su reconocimiento hasta hacerle abrir las manos. Alabanzas, estimación, benevolencia de palabra, y tanta amistad cuanta os plazca; pero en cuanto a dinero, no hay de qué. Nada existe más seco ni más árido que sus afabilidades y sus caricias; y dar es una palabra por la que tiene tanta aversión, que no dice jamás: Os doy, sino: Os presto los buenos días. FROSINA ¡Dios mío! Yo conozco el arte de ordeñar a los hombres; tengo el secreto para que me abran su ternura, para cosquillear sus corazones, para encontrar los puntos en que son sensibles. LA FLECHA Acá eso son bagatelas. Te desafío a que enternezcas, con respecto al dinero, al hombre de que se trata. Es turco por ese lado, pero de una turquería para desesperar a todo el mundo; podríamos reventar sin que se inmutara. En una palabra, ama el dinero más que la reputación, que el honor y que la virtud; y la vista de un peticionante le provoca convulsiones. Pedirle es herirlo en su punto mortal, es atravesarle el corazón, es arrancarle las entrañas; y si... Pero ya vuelve; yo me retiro.
ESCENA SEXTA Harpagón, Frosina
HARPAGÓN (bajo) Todo va a pedir de boca. (Alto.) Y bien, Frosina, ¿de qué se trata? FROSINA
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¡Ah, Dios mío! ¡Qué buen aspecto tenéis! ¡Un semblante de verdadera salud! HARPAGÓN ¿Quién? ¿Yo? FROSINA Jamás he visto porte más fresco, ni más robusto. HARPAGÓN ¿Sinceramente? FROSINA ¿Cómo? En vuestra vida habéis sido tan joven cómo ahora; conozco personas de veinticinco años que son más viejas que vos. HARPAGÓN Sin embargo, Prosina, tengo sesenta bien cumplidos. FROSINA Y bien, ¿qué son sesenta años? ¡Vaya una cosa! Esa es la flor de la edad; actualmente vos entráis en la más hermosa época del hombre. HARPAGÓN Es cierto; pero sin embargo veinte años menos no me vendrían mal, según creo. FROSINA ¿Bromeáis? No tenéis necesidad de ello, pues en vos hay pasta para vivir hasta los cien años. HARPAGÓN ¿Lo crees? FROSINA Seguramente. Tenéis todos los indicios de ello. Esperad un momento.' ¡Oh, por cierto, aquí entre vuestros dos ojos, hay un signo de larga vida! HARPAGÓN ¿Tú entiendes de esas cosas? FROSINA Sin duda. Mostradme vuestra mano. ¡Ah, Dios mío! ¡Qué línea de la vida! HARPAGÓN ¿Cómo? FROSINA ¿No veis hasta dónde va esta línea? HARPAGÓN Y bien, ¿qué quiere decir eso? FROSINA ¡A fe mía! Yo dije cien años; pero vos pasaréis de los ciento veinte. HARPAGÓN ¿Es posible? FROSINA Os digo que habrá que mataros; pues enterraréis a vuestros hijos y a los hijos de vuestros hijos. HARPAGÓN Tanto mejor. ¿Cómo va nuestro asunto? FROSINA ¿Hay que preguntarlo? ¿Y me he metido en algo sin que lo hiciera terminar bien? Sobre
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todo tengo un maravilloso talento para los matrimonios; no hay en el mundo partidos a los que en poco tiempo no encuentre yo el medio de acomodar; y si se me pusiera en la cabeza, creo que casaría al Gran Turco con la República de Venecia. Por cierto, en este asunto no hay tan grandes dificultades. Como tengo entrada en casa de ellas, les he hablado extensamente de vos a una y a otra, y he comunicado a la madre el designio que habéis concebido sobre Mariana, viéndola pasar por la calle y tomar aire en su ventana. HARPAGÓN Y ella ha respondido... FROSINA Ella recibió la proposición con. alegría; y cuando le he manifestado lo mucho que deseábais que su hija asistiera esta tarde a la firma del contrato de matrimonio de la vuestra, ha consentido en ello sin trabajo y me la ha confiado con ese fin. HARPAGÓN Es que me veo obligado, Frosina, a ofrecer una cena al señor Anselmo; y estaría muy contento si ella asistiera a la fiesta. FROSINA . Tenéis razón. Después de comer, ella debe visitar a vuestra hija, por lo cual se ha propuesto ir a echar un vistazo a la feria, para venir luego al banquete. HARPAGÓN Y bien, ambas irán juntas en mi carroza, que les prestaré. FROSINA Eso es justamente lo que necesitan. HARPAGÓN Pero, Frosina, ¿has hablado con la madre respecto a los bienes que puede dar a su hija? ¿Le has dicho que es necesario que se ingenie un poco, que haga algún esfuerzo, que se sacrifique para una ocasión como ésta? Porque, en fin, nadie se casa con una doncella sin que aporte alguna cosa. FROSINA ¿Como? Si es una doncella que os aportará doce mil libras de renta. HARPAGÓN ¡Doce mil libras de renta! FROSINA Sí. Primeramente ha sido criada y educada con gran sobriedad; es una niña acostumbrada a vivir de ensalada, de leche, de queso y de papas, y que, por lo tanto, no necesitará ni mesa bien servida, ni "consommés" exquisitos, ni jarabe de cebada perpetuamente, ni las otras delicadezas que serían precisas para otra mujer; y esto no se hace con tan poco que no suba, todos los años, a tres mil francos por lo menos. Además de eso, no desea más que una elegancia muy sencilla, pues no le gustan los trajes soberbios, ni las ricas alhajas ni los muebles suntuosos a los que tienden tan calurosamente sus iguales; y este renglón vale más de cuatro mil libras por año. Además, tiene una aversión horrible por el juego, lo que no es común en las mujeres de hoy en día; conozco una de nuestro barrio que ha perdido este año al treinta y cuarenta veinte mil francos. Pero no tomemos sino un cuarto de la suma. Cinco mil francos en el juego, por año, y cuatro mil francos en trajes y joyas, hacen nueve mil libras y mil escudos que agregamos para la alimentación, ¿no están aquí vuestros doce mil francos por año bien contados? HARPAGÓN
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Sí, eso no está mal; pero semejante cuenta no tiene realidad ninguna. FROSINA Perdonadme. ¿No es cosa muy real el aportaros al matrimonio una gran sobriedad, la herencia de un gran amor por la sencillez del atavío, y la adquisición de un gran fondo de .odio por el juego? HARPAGÓN Es una burla querer constituirme su dote con todos los gastos que no ha de hacer. Yo no voy a dar carta de pago por lo que no recibo; preciso es que reciba alguna cosa. FROSINA Dios mío, recibiréis de sobra; ellas me han hablado de cierto país donde tienen bienes de los que seréis dueño. HARPAGÓN Habrá que ver eso. Pero, Frosina, hay todavía una cosa que me inquieta. La niña es joven, como tú ves, y los jó- yenes de ordinario no aman más que a sus semejantes, no buscan sino su compañía. Tengo miedo de que un hombre de mi edad no sea de su gusto; y que esto venga a provocar en casa ciertos pequeños desórdenes que no me acomodarían. FROSINA ¡Ah, qué mal la conocéis! Ésta es una particularidad más que tenía que comunicaros. Ella siente una aversión espantable por los jóvenes, y no experimenta amor sino por los viejos. HARPAGÓN ¿Ella? FROSINA Sí, ella. Quería que la hubiérais oído hablar al respecto. No puede sufrir absolutamente la vista de un joven; pero jamás se siente más encantada, dice, que cuando puede contemplar a un hermoso anciano de barba majestuosa. Mientras más viejos son para ella más encantadores, y os advierto que no vayáis a haceros más joven de lo que sois. Ella quiere que sean al menos sexagenarios; y todavía no hace cuatro meses, estando próxima a casarse, rompió limpiamente el casamiento porque su enamorado dejó ver que no tenía más que cincuenta y seis años y no se puso anteojos para firmar el contrato. HARPAGÓN ¿Por eso solamente? FROSINA Sí. Dice que no son bocado para ella cincuenta y seis años; y sobre todo está de parte de las narices que llevan anteojos. HARPAGÓN Por cierto, me dices cosas extraordinarias. FROSINA Pues son más extraordinarias que todo lo que pueda deciros. En su habitación se ven algunos cuadros y algunas estampas; ¿pero a quiénes pensáis que representan? ¿A los Adonis? ¿Los Céfalos, los Paria, los Apolos? No: son hermosos retratos de Saturno, del rey Príamo, del viejo Néstor y del buen padre Anquíses sobre las espaldas de su hijo. ¡Esto es admirable! Es algo que jamás se me hubiera ocurrido; y estoy muy contento de saber que tiene esas aficiones. En efecto, si yo hubiera sido mujer, no me hubieran gustado los jóvenes. FROSINA Bien lo creo. ¡Buenas piezas son los jóvenes para amarlos! Son lindos mocosos, lindos
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boquirrubios, para que se apetezcan sus pedazos; me gustaría saber qué gracia les encuentran. HARPAGÓN Por mi parte, no lo comprendo; y no me imagino cómo hay mujeres que los aman tanto. FROSINA Hay que estar loca de remate. Encontrar amable a la juventud, ¿pero no tienen sentido común? ¿Son hombres esos jóvenes pisaverdes? ¿Es posible encariñarse con esos animales? HARPAGÓN Es lo que yo digo siempre: con su tinte de maricas, y sus tres briznillas de bigote levantadas a lo gato, sus pelucas de estopa, sus calzones caídos, y sus cuerpos despechugados. FROSINA ¡Eh! Buenos están al lado de una persona como vos. Esto sí que es un hombre. Aquí hay con qué satisfacer los ojos; así hay que estar formado y vestido para inspirar amor. HARPAGÓN ¿Me encuentras bien? FROSINA ¿Cómo? Estáis para comeros, y vuestra figura para pintarla. Daos vuelta un poco, os lo ruego. Imposible mejor. Quiero veros caminar. Mirad un cuerpo formado, libre y desenvuelto como corresponde, en el que no se manifiesta enfermedad alguna. HARPAGÓN No tengo ninguna grave, a Dios gracias. Sólo mi fluxión que me ataca de cuando en cuando. FROSINA Eso no es nada. Vuestra fluxión no os sienta mal, pues toséis con mucha gracia. HARPAGÓN Dime un poco: ¿Mariana no me ha visto todavía? ¿No se ha fijado en mí, al pasar? FROSINA No; pero hemos hablado mucho de vos. Yo le he hecho el retrato de vuestra persona, y no he dejado de elogiarle vuestro mérito, y la ventaja que le representaría el tener un marido como vos. HARPAGÓN Has hecho bien, y te lo agradezco. FROSINA Señor, tendría que haceros un pequeño ruego. Tengo un proceso que estoy a punto de perder por falta de un poco de dinero: (Harpagón toma un aire severo.) y vos podríais hacerme ganar fácilmente ese proceso, teniendo algunas bondades para conmigo. No imagináis el placer que ella tendrá de veros. (Harpagón recupera su aire alegre.) ¡Ah, cómo le gustaréis! ¡Y qué admirable efecto hará sobre su espíritu vuestro gorguerín a la antigua¡ Pero sobre todo quedará encantada con vuestros calzones, sujetos al jubón con agujetas: será para que se vuelva loca por vos. Un amante agujeteado será para ella un bocado maravilloso. HARPAGÓN
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Me encantas, de veras, diciéndome eso. FROSINA En realidad, señor, ese proceso es para mí de una importancia enorme. (Harpagón recupera su semblante severo.) Si lo pierdo estoy arruinada; y cualquier pequeño socorro restablecería mis asuntos. Yo hubiera querido que vierais el éxtasis en que caía oyéndome hablar de vos. La dicha resplandecía en sus ojos ante el relato de vuestras cualidades; he conseguido llevarla a una impaciencia extrema por ver ese casamiento enteramente arreglado. HARPAGÓN Me complaces, mucho, Frosina; y quedo contigo, lo confieso, altamente obligado. FROSINA Os ruego, señor, que me déis el socorrillo que os pido. (Harpagón recupera su rostro severo.) Eso me levantará de nuevo, y os quedaré eternamente reconocida. HARPAGÓN Adiós. Voy a despachar mi correspondencia. FROSINA Os aseguro, señor, que jamás podríais acudirme en mayor necesidad. HARPAGÓN Daré orden de que mi carroza esté pronta para llevaros a la feria. FROSINA Yo no os importunaría si no me viera forzada por la necesidad. HARPAGÓN Yo me ocuparé de que se cene temprano para que no os enferméis. FROSINA No me rehuséis la gracia que os solicito. No imagináis, señor, el placer que... HARPAGÓN Me marcho. Ahí me llaman. Hasta luego. FROSINA (sola) ¡Que la peste te devore, perro villano de todos los diablos! El roñoso ha resistido a todos mis ataques; pero no por eso he de dejar la negociación; tengo la otra parte, en todo caso, de la que estoy segura de sacar buena recompensa.
ACTO TERCERO
ESCENA PRIMERA Harpagón, Cleanto, Elisa, Valerio, Dama Claudia, Maese Jacobo, Brindavoine, La Merluza
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HARPAGÓN Vamos, venid acá todos, a que os dé mis órdenes para luego indicarle a cada uno su obligación. Acercáos, Dama Claudia. Comencemos por vos. (Ella tiene una escoba en la mano.) Bueno, estáis con las armas en la mano. Os encomiendo la tarea de limpiar por todas partes; y sobre todo- tened cuidado de no frotar los muebles demasiado fuerte, no sea que se gasten. Además de esto, os nombro gobernadora de las botellas durante la comida; y si falta alguna o se rompe alguna cosa, la tomaré con vos y lo descontaré de vuestro sueldo. MAESE JACOBO (aparte) Castigo político. HARPAGÓN (a Dama Claudia) Marcháos.
ESCENA SEGUNDA Harpagón, Cleanto, Elisa, Valerio, Maese Jacobo, Brindavoine, La Merluza
HARPAGÓN A vos, Brindavoine, y a vos, La Merluza, os encomiendo la función de enjuagar los vasos y servir las bebidas, pero sólo cuando tengan sed, y no según la costumbre de ciertos lacayos impertinentes, que se ocupan de provocar a las gentes y de aconsejarles que beban cuando no piensan en ello. Esperad a que os lo pidan más de una vez, y acordáos de traer siempre mucha agua. MAESE JACOBO (aparte) Sí, el vino puro se sube a la cabeza. EL COMISARIO ¿Nos quitaremos nuestros delantales, señor? HARPAGÓN Sí, cuando veáis que llega la gente; y guardáos de estropear vuestras ropas. BRINDAVOINE Bien sabéis, señor, que uno de los delanteros de mi jubón está cubierto por una gran mancha del aceite de la lámpara. LA MERLUZA Y que yo, señor, tengo mis calzones agujereados por detrás y que se me ven, hablando con respeto... HARPAGÓN (a La Merluza) Silencio. Acomodad eso diestramente del lado de la pared, y presentad siempre la fachada a la gente. (A Brindavoine, mostrándole cómo debe poner su sombrero delante de su jubón para ocultar la mancha de aceite.) Y vos, tened siempre vuestro sombrero así, cuando sirváis.
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ESCENA TERCERA Harpagón, Cleanto, Elisa, Valerio, Maese Jacobo
HARPAGÓN En cuanto a vos, hija mía, tendréis ojo avizor sobre cuanto se sirva, y cuidaréis de que no se haga ningún despilfarro. Eso sienta bien a las doncellas. Pero entre tanto preparaos a recibir convenientemente a mi prometida, que tiene que venir a visitaros, y a llevaros con ella a la feria. ¿Oís lo que os digo? ELISA Sí, padre.
ESCENA CUARTA Harpagón, Cleanto, Valerio. Maese Jacobo
HARPAGÓN Y vos, mi hijo Pisaverde, a quien tengo la benevolencia de perdonar la historia de hace un rato, no vayáis a tener la ocurrencia de ponerle mala cara. CLEANTO ¿Yo, mala cara, padre mío? ¿Y por qué? HARPAGÓN ¡Dios mío! Conocemos el humor de los hijos cuyos padres vuelven a casarse, y los ojos con que acostumbran a mirar a la que llaman madrastra. Pero si deseáis que me olvide de vuestra última calaverada, os recomiendo sobre todo que gratifiquéis con una cara amable a esta persona, y que le hagáis, en fin, la mejor acogida que os sea posible. CLEANTO Padre, a decir verdad, no puedo prometeros encontrarme muy contento de que ella se convierta en mi madrastra; mentiría si os lo dijera; pero en cuanto a recibirla bien y ponerle buena cara, sobre este capítulo os prometo obedeceros puntualmente. HARPAGÓN Procuradlo al menos. CLEANTO Veréis que no habréis de tener motivo de queja. HARPAGÓN Haréis bien.
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ESCENA QUINTA Harpagón, Valerio
HARPAGÓN Valerio, ayudadme en esto. Hola, Maese Jacobo, aproximáos; os he dejado para lo último. MAESE JACOBO Señor, ¿es a vuestro cochero o a vuestro cocinero a quien habláis? Porque yo soy lo uno y lo otro. A los dos. MAESE JACOBO ¿Pero a cuál de los dos primero? HARPAGÓN Al cocinero. MAESE JACOBO Esperad, entonces, os lo ruego. (Se quita su casaca de ,cochero y aparece vestido de cocinero.) HARPAGÓN ¿Qué diantre de ceremonia es ésta? MAESE JACOBO Hablad cuando gustéis. HARPAGÓN Me he comprometido, Maese Jacobo, a dar esta noche una comida. MAESE JACOBO (aparte) ¡Qué maravilla! HARPAGÓN Dime un poco, ¿nos harás una buena cena? MAESE JACOBO Sí, si me dais bastante dinero. HARPAGÓN ¡Qué diablo, siempre dinero! Parece que no tienen otra cosa que decir: "Dinero, dinero, dinero." Ah, no tienen más que esa palabra en la boca: "¡Dinero!" ¡Siempre hablando de dinero! Ese es su caballito de batalla, el dinero. VALERIO Jamás he oído contestación más impertinente que ésa. Vaya una maravilla, hacer buena comida con mucho dinero: es la cosa más fácil del mundo y no hay pobre diablo que no pudiera hacerlo; pero para proceder como hombre hábil hay que tratar de hacer buena comida con poco dinero. MAESE JACOBO ¡Buena comida con poco dinero! VALERIO Sí. MAESE JACOBO (a Valerlo) A fe mía, señor Mayordomo, os agradeceríamos que nos hiciérais conocer ese secreto y
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que tomarais mi oficio de cocinero: por lo demás os metéis en esta casa a hacer de factotum. HARPAGÓN Calláos. ¿Qué necesitaremos? MAESE JACOBO Ahí está vuestro Mayordomo, que os dará buena comida con poco dinero. HARPAGÓN ¡Ay, ay! Quiero que me respondas tú. MAESE JACOBO ¿Cuántos seréis a la mesa? HARPAGÓN Seremos ocho o diez; pero no hay que calcular sino ocho; cuando hay comida para ocho, lo mismo hay para diez. VALERIO Eso se comprende. MAESE JACOBO ¡Y bien! Serán necesarios cuatro grandes potajes y cinco platos. Potajes... Entradas... HARPAGÓN ¡Qué diablo! Eso es como alimentar una ciudad entera. MAESE JACOBO Asad... HARPAGÓN (poniéndole la mano sobre la boca) Ah, traidor, tú te comes todo mi patrimonio. MAESE JACOBO Entremeses.. HARPAGÓN (poniéndole otra vez la mano sobre la boca) ¿Todavía? VALERIO (a Maese Jacobo) ¿Pero tenéis ganas de hacer reventar a todo el mundo? ¿Y el señor ha invitado a la gente para asesinarla a fuerza de manducatoria? Leed un poco los preceptos de la salud, y preguntad a los médicos si hay nada más perjudicial para el hombre que comer con exceso. HARPAGÓN Tiene razón. VALERIO Aprended, Maese Jacobo, y con vos todos vuestros compadres, que una mesa demasiado cargada de manjares es una emboscada; que para mostrarnos cordiales con nuestros invitados es preciso que la frugalidad reine en los convites ofrecidos; y que según el dicho de un antiguo, hay que comer para vivir y no vivir para comer. HARPAGÓN ¡Ah, qué bien dicho está eso! Acércate, quiero abrazarte por esa frase. He aquí la más bella máxima que yo haya oído en mi vida. Hay que vivir para comer y no comer para vi... No, no es así. ¿Cómo es que dijiste? VALERIO Que hay que comer para vivir y no vivir para comer. HARPAGÓN (a Maese Jacobo)
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Si. ¿Has entendido? (A Valerio.) ¿Quién es el hombre que ha dicho eso? VALERIO No me acuerdo ahora de su nombre. HARPAGÓN Acuérdate de escribirme esas palabras: quiero hacerlas grabar en letras de oro sobre la chimenea de mi salón. VALERIO No dejaré de hacerlo. Y en cuanto a vuestra cena no tenéis sino que dejarme hacer: yo arreglaré todo eso como corresponde. HARPAGÓN Hazlo, pues. MAESE JACOBO Tanto mejor: tendré yo menos quehacer. HARPAGÓN (a Valerlo) Necesitamos de esas cosas que apenas se prueban y que satisfacen pronto: algún buen guiso de carnero bien gordo, con algún pastel de fuente bien guarnecido de castañas. VALERIO Confiad en mí. HARPAGÓN Entre tanto, Maese Jacobo, hay qué limpiar mi carroza. MAESE JACOBO Esperad. Esto se dirige al cochero. (Se vuelve a poner la casaca.) Decíais... HARPAGÓN Que hay que limpiar mi carroza y tener mis caballos listos para conducir a la feria... MAESE JACOBO ¿Vuestros caballos, señor? A fe mía, no se encuentran en estado de servir. No os diré que yacen en su cama, las pobres bestias no la tienen, y estaría muy mal dicho; pero vos les hacéis observar ayunos tan austeros, que no son ya nada más que ideas o fantasmas, apariencias de caballos. HARPAGÓN Están muy enfermos de no hacer nada. MAESE JACOBO ¿Y porque no hagan nada, señor, no deben comer nada, tampoco? Más les valiera a los pobres animales trabajar mucho y comer lo mismo. Me parte el corazón verlos así extenuados, porque, en fin, yo siento tal ternura por mis caballos, que me parece que se trata de mí mismo cuando los veo languidecer; pues demuestra, señor, una naturaleza muy dura quien no tiene piedad de su semejante. HARPAGÓN No será mucho trabajo el ir hasta la feria. MAESE JACOBO No, señor, yo no tengo coraje para llevarlos, y me sería un cargo de conciencia azotarlos en el estado en que se encuentran. ¿Cómo querríais que arrastraran una carroza cuando no pueden arrastrarse a sí mismos? VALERIO Señor, yo comprometeré al vecino picardo a que se encargue de conducirlas: de todos modos lo necesitaremos a éste aquí para preparar la cena.
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MAESE JACOBO Sea; prefiero que mueran bajo la mano de otro y no bajo la mía. VALERIO Maese Jacobo se muestra muy razonable. MAESE JACOBO El señor Mayordomo se muestra muy indispensable. HARPAGÓN ¡Silencio! MAESE JACOBO Señor, yo no puedo soportar a los aduladores; y me doy cuenta de que todo lo que hace él, sus vigilancias perpetuas del pan, el vino, la leña, la sal y las candelas, no son más que para halagaros y haceros la corte. Esto me enfurece, porque me fastidia diariamente oír lo que dicen de vos; al fin y al cabo os tengo afecto, por muy despechado que esté; y después de mis caballos, vos sois la persona a quien más quiero. HARPAGÓN ¿Podré saber por vos, Maese Jacobo, lo que dicen de mí? MAESE JACOBO Sí, señor, si yo estuviera seguro de que eso no os encolerizaría. HARPAGÓN No, de ningún modo. MAESE JACOBO Perdonadme: sé muy bien que habéis de montar en cólera. HARPAGÓN Absolutamente: por el contrario, me complacerá, pues me alegra mucho saber cómo se habla de mí. MAESE JACOBO Señor, puesto que lo queréis así, os diré francamente que se burlan de vos en todas partes; que nos arrojan de todos lados cien sarcasmos a vuestro respecto; que nada les resulta más agradable que teneros de comidilla, y hacer sin cesar cuentos sobre vuestra tacañería. Uno dice que hacéis imprimir almanaques particulares, en los que hacéis doblar las témporas y las vigilias a fin de aprovechar los ayunos a los que obligáis a vuestra gente. El otro, que tenéis siempre pronta una querella para vuestros lacayos en la época de los aguinaldos o de su salida de vuestra casa, para tener pretexto de no darles nada. Éste cuenta que una vez hicisteis citar ante el magistrado al gato de uno de vuestros vecinos, culpable de haberos devorado el resto de un guiso de cordero. Aquél, que os sorprendieron una noche cuando acababais de robaros a vos mismo la avena de vuestros caballos; y que vuestro cochero, que era el anterior a mí, os dio en la oscuridad no sé cuántos bastonazos, sobre los que no quisisteis decir nada. En fin, ¿queréis que os lo diga? No es posible ir a ninguna parte sin oír que os ponen como no digan dueñas; sois el tema y la irrisión de todo el mundo; y nunca se habla de vos sin llamaros avaro, roñoso, villano y usurero. HARPAGÓN (apaleando a Maese Jacobo) Sois un estúpido, un belitre, un bellaco y un desvergonzado. MAESE JACOBO Y bien, ¿no lo había adivinado? No habéis querido creerme: bien claro os dije que os
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encolerizaría diciéndoos la verdad. HARPAGÓN Aprended a expresaros.
ESCENA SEXTA Valerio, Maese Jacobo
VALERIO (riendo) Por lo que puedo ver, Maese Jacobo, pagan mal vuestra franqueza. MAESE JACOBO ¡Pardiez!, señor recién venido, que os hacéis el hombre importante, ese no es asunto vuestro. Reíd de vuestros bastonazos cuando os los den, y no vengáis a reíros de los míos. VALERIO Ah, Maese Jacobo, no os encolericéis, os lo ruego. MAESE JACOBO (bajo, aparte) Se achica. Voy a hacerme el bravo, y si es bastante tonto para temerme, lo zurraré un poco. (Alto.) ¿Os dais cuenta, señor risueño, de que yo no me río? ¿Y de que si me calentáis la cabeza os haré reír de modo muy distinto? (Empuja a Valerio hasta el fondo del escenario, amenazándolo.) VALERIO ¡Eh, poco a poco! MAESE JACOBO ¿Cómo, poco a poco? No me da la gana. VALERIO Por favor. MAESE JACOBO Sois un impertinente. VALERIO Señor Maese Jacobo... MAESE JACOBO ¡Qué señor Maese Jacobo ni qué ocho cuartos! Si agarro un bastón os zurraré de lo lindo. VALERIO ¿Cómo un bastón? (A su vez hace retroceder a Maese Jacobo.) MAESE JACOBO Eh, yo no digo eso. VALERIO ¿Sabéis, señor fanfarrón, que soy hombre para zurraros yo mismo? MAESE JACOBO No lo dudo. VALERIO ¿Y que no sois en fin de cuentas más que un palurdo cocinero?
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MAESE JACOBO Bien lo sé. VALERIO ¿Y que no me conocéis todavía? MAESE JACOBO Perdonadme. VÁLERIO ¿Decíais que me zurraréis? MAESE JACOBO Lo decía bromeando. VALERIO Pues a mí no me gustan vuestras bromas. (Lo apalea.) Sabed que sois un mal bromista. MAESE JACOBO ¡Pestes con la sinceridad! Es un mal oficio. En adelante renuncio a él y no quiero decir más la verdad. Pase todavía lo de mi amo; tiene algún derecho para apalearme; pero en cuanto a este señor Mayordomo, me vengaré, si puedo.
ESCENA SÉPTIMA Mariana, Frosina, Maese Jacobo
FROSINA ¿Sabéis, Maese Jacobo, si vuestro amo está en casa? MESE JACOBO Sí, por cierto, está en ella, demasiado lo sé. FROSINA Decidle que estamos aquí, os lo ruego.
ESCENA OCTAVA Mariana, Frosina
MARIANA ¡Ah, en qué terrible situación me encuentro, temo de Frosina! ¡Si pudiera yo decir lo que siento, lo q esta entrevista! FROSINA Pero, ¿por qué? ¿Cuál es vuestra inquietud? MARIANA Ay, ¿me lo preguntáis? ¿No os imagináis los temores de una persona pronta a contemplar el suplicio a donde quieren conducirla? FROSINA Bien veo que, para morir agradablemente, Harpagón no es el suplicio que querríais abrazar; y comprendo por vuestra expresión que el joven boquirrubio del que me habéis
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hablado está presente en vuestro espíritu. MARIANA Sí, Frosina, es algo de que no quiero defenderme; y os lo confieso, las respetuosas visitas que ha hecho a nuestra casa produjeron algún efecto en mi corazón. FROSINA ¿Pero habéis sabido cuál es su condición? MARIANA No, no sé cuál es su condición; pero sé que tiene el talante necesario para hacerse amar; que si se pudieran arreglar las cosas a mi gusto lo aceptaría mejor que a cualquiera; y que no contribuye poco a que se convierta para mí en espantoso tormento el esposo que quieren darme. FROSINA ¡Dios mío! Todos esos boquirrubios son muy agradables y representan muy bien su papel; pero la mayor parte son pobres como ratas; vale más para vos tomar un marido viejo, que os representa mucha fortuna. Os confieso que los sentidos no se sienten muy a gusto con el partido a que me refiero, y que hay que soportar algunos disgustillos con semejante esposo; pero eso no puede durar, y su muerte, creedme, os dejará bien pronto en situación de tomar otro más amable, que pondrá en su lugar las cosas. MARIANA ¡Dios mío, Frosina! Qué terrible cosa es cuando para ser feliz hay que desear o esperar la muerte de alguien; y además la muerte no acoge todos los proyectos que le forjamos. FROSINA ¿Os chanceáis? No os casáis con él sino a condición de dejaros bien pronto viuda; y ése debe ser uno de los artículos del contrato. Sería bien impertinente si no muriera dentro de tres meses. Aquí está en persona.
ESCENA NOVENA Harpagón, Mariana, Frosina
HARPAGÓN (a Mariana) No os ofendáis, bella mía, si me acerco a vos con anteojos. Sé que vuestros encantos saltan a los ojos, son demasiado visibles por sí mismos, y que no son necesarios los anteojos para percibirlos; pero, en fin, los astros se observan con anteojos, y yo sostengo y garanto que sois un astro, pero el astro más bello que existe en el país de los astros. Frosina, no me contesta, y no demuestra ninguna alegría al verme, me parece. FROSINA Es que está aún muy sorprendida; además, las niñas tienen vergüenza de manifestar desde el primer momento lo que sienten en su alma. HARPAGÓN (a Frosina) Tienes razón, (A Mariana.) Bella niña, aquí viene mi hija a saludares.
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ESCENA DÉCIMA Harpagón, Elisa, Mariana, Frosina
JUANA Señora, cumplo muy tarde con esta visita. MARIANA Señora, habéis hecho lo que yo debí de hacer, pues a mí correspondía adelantarme. HARPAGÓN Ya veis que es alta, pero la mala hierba crece mucho. MARIANA (bajo, a Frosina) ¡Oh, hombre desagradable! HARPAGÓN (bajo, a Frosina) ¿Qué dice la bella? FROSINA (bajo, a Harpagón) Que os encuentra admirable. HARPAGÓN Es mucho honor el que me hacéis, adorable preciosa. MARIANA (aparte) ¡Qué animal! HARPAGÓN Os estoy muy obligado por tales sentimientos. MARIANA (aparte) Yo no puedo contenerme más.
ESCENA UNDÉCIMA Harpagón, Mariana, Elisa, Cleanto, Valerio, Frosina, Brindavoine
HARPAGÓN Aquí está mi hijo, que viene también a haceros una reverencia. MARIANA (bajo, a Frosina) ¡Ah, Frosina, qué encuentro! Es justamente aquel de quien te había hablado. FROSINA (a Mariana) La aventura es maravillosa. HARPAGÓN Veo que os asombráis de que tenga hijos tan grandes; pero bien pronto me veré libre del uno y de la otra. CLEANTO (aparte, a Mariana) Señora, a decir verdad, es ésta una aventura que, ciertamente, no me esperaba; mi padre
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me ha sorprendido no poco cuando me ha dicho hace un momento el designio que había forjado. MARIANA (aparte, a Cleanto) Puedo decir la misma cosa. Éste es un encuentro imprevisto que me ha sorprendido tanto como a vos; pues no estaba preparada en absoluto para semejante aventura. CLEANTO (alto) Señora, cierto es que mi padre no podía haber hecho mejor elección, y ,que me produce una ostensible dicha el honor de veros; pero con todo esto no os aseguraría que me regocija el proyecto. por el cual podréis llegar a ser mi madrastra. El cumplido, os lo confieso, es demasiado difícil para mí; pues se trata de un título, perdonadme, que no os deseo. Este discurso parecerá brutal a los oídos de algunos; pero estoy seguro de que vos seréis capaz de tomarlo como corresponde; pues se trata de un casamiento, señora, por el cual vos os imagináis bien que debo sentir repugnancia; pues no ignoráis, sabiendo quién soy, cómo ataca mis intereses, y en fin, me permitiréis que os diga, con permiso de mi padre, que si las cosas dependieran de mí, este matrimonio no se realizaría. HARPAGÓN ¡Vaya un cumplido impertinente! ¡Bonita confesión para hacérsela! MARIANA Si he de responderos, tengo que deciros que en cuanto a mí las cosas son iguales; y que si vos tendríais repugnancia de verme convertida en vuestra madrastra, no la tendría yo menor, sin duda, de veros convertido en mi hijastro. Os ruego que no creáis que soy yo quien trato de daros este disgusto. Me molestaría mucho causaros desagrado; y si no me viera forzada por una autoridad absoluta, os doy mi palabra de que no consentiría en el matrimonio que os apena. HARPAGÓN Tiene razón: a un cumplido tonto corresponde una respuesta igual. Os pido perdón, hermosa mía, por la impertinencia de mi hijo. Es un joven tonto, que no mide aún la trascendencia de las palabras que dice. MARIANA Os aseguro que lo que me ha dicho no me ha ofendido nada; por el contrario, me ha complacido explicándome así sus verdaderos sentimientos. Me gusta en él una confesión de esa especie; y si hubiera hablado de otro modo lo estimaría mucho menos. HARPAGÓN Es mucha bondad de vuestra parte querer excusar así sus faltas. La edad lo volverá más discreto, y veréis cómo cambia de parecer. CLEANTO No, padre mío, no soy capaz de cambiar, y ruego fervientemente a la señora que lo crea así. HARPAGÓN ¡Pero ved qué extravagancia? Continúa peor aún. CLEANTO ¿Queréis que traicione mi corazón? HARPAGÓN ¿Todavía? ¿Queréis cambiar de tono?
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CLEANTO Y bien, puesto que queréis que hable de otro modo, permitid, señora, que me ponga en el lugar de mi padre, y que os confiese que nada he visto en el mundo más encantador que vos; que no concibo nada igual a la dicha de agradaros, y que el título de esposo vuestro es una gloria, una felicidad que yo preferiría al destino de los más grandes príncipes de la tierra. Sí, señora, la dicha de poseeros es a mis ojos la más bella de todas las fortunas; a ella está unida toda mi ambición; nada hay que no sea capaz de hacer por una conquista tan preciosa, y los obstáculos más fuertes... HARPAGÓN Poco a poco, hijo, os lo ruego. CLEANTO Es un cumplido que dirijo en vuestro nombre a la señora. HARPAGÓN ¡Dios mío! Yo tengo lengua para explicarme por mí mismo, y no necesito un representante como vos. Vamos, traed asientos. FROSINA No; es mejor que vayamos en seguida a la feria, a fin de volver más temprano y tener luego todo el tiempo disponible para conversar. HARPAGÓN Que aten los caballos a la carroza. (Sale Brindavoine.) (A Mariana.) Os ruego que me excuséis, hermosa mía, si no he pensado en obsequiaros con una pequeña colación antes de partir. CLEANTO Yo me he ocupado de ello, padre, y he hecho traer aquí algunas fuentes de naranjas de la China, de limones dulces y de confituras, que he mandado pedir en nombre vuestro. HARPAGÓN (bajo, a Valerio) ¡Valerio! VALERIO (bajo, a Harpagón) Ha perdido el seso. CLEANTO ¿Encontráis, padre, que esto no es suficiente? La señora tendrá la bondad de excusarlo, si así le place. MARIANA No era cosa necesaria. CLEANTO Señora, ¿habéis visto nunca un diamante más vivo que ese que lleva mi padre en el dedo? MARIANA Cierto es que brilla mucho. CLEANTO (sacando del dedo de su padre el diamante y dándolo a Mariana) Es preciso que lo veáis de cerca. MARIANA Es bellísimo, sin duda, y lanza infinidad de destellos. CLEANTO (colocándose ante Mariana que quiere devolver el diamante) No, señora; está en muy buenas manos. Es un presente que os ha hecho mi padre. HARPAGÓN
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¿Yo? CLEANTO ¿No es cierto, padre, que queréis que la señora lo conserve por vuestro amor? HARPAGÓN (bajo, a su hijo) ¿Cómo? CLEANTO ¡Buena pregunta! (A Mariana.) Me indica que os lo, haga aceptar. MARIANA Yo no quisiera... CLEANTO (a Mariana) ¿Os chanceáis? Él no volverá a tomarlo. HARPAGÓN (aparte) ¡Yo reviento! MARIANA Sería.. . CLEANTO (impidiendo siempre a Mariana devolver la sortija) Os digo que no, es ofenderlo. MARIANA Por favor... CLEANTO Absolutamente. HARPAGÓN (aparte) Que la peste... CLEANTO Ved cómo se escandaliza de vuestro rechazo. HARPAGÓN (bajo, a su hijo) ¡Ah, traidor! CLEANTO (a Mariana) Ya veis que se desespera. HARPAGÓN (bajo, a su hijo, amenazándolo) ¡Eres un verdugo! CLEANTO Padre, no es culpa mía. Hago lo que puedo para obligarla a conservarlo; pero ella es obstinada. HARPAGÓN (bajo, a su hijo, amenazándolo) ¡Tunante! CLEANTO Señora, sois causa de que mi padre me riña. HARPAGÓN (bajo, a su hijo, con las mismas muecas) ¡Pícaro! CLEANTO (a Mariana) Lo haréis caer enfermo. Por favor, señora, no resistáis más. FROSINA (a Mariana) ¡Dios mío! ¡Qué de melindres! Conservad la sortija puesto que el señor lo quiere. MARIANA (a Harpagón) La conservaré para no encolerizarlo; y en otro momento os la devolveré.
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ESCENA DUODÉCIMA Harpagón, Mariana, Elisa, Cleanto, Valerio, Frosina, Brindavoine
BRINDAVOINE Señor, ahí está un hombre que quiere hablaros. HARPAGÓN Dile que estoy ocupado y que vuelva otra vez. BRINDAVOINE Dice que os trae dinero. HARPAGÓN (a Mariana) Os pido perdón. Vuelvo en seguida.
ESCENA DECIMOTERCERA Harpagón, Mariana, Elisa, Cleanto, Valerio, Frosina, La Merluza
LA MERLUZA (llega corriendo y hace caer a Harpagón) Señor... HARPAGÓN Ah, muerto soy. CLEANTO ¿Qué ocurre, padre mío? ¿Os habéis hecho daño? HARPAGÓN Seguramente este traidor ha recibido dinero de mis deudores para hacer que me quiebre el pescuezo. VALERIO (a Harpagón) Esto no es nada. LA MERLUZA (a Harpagón) Señor, os pido perdón, creía hacerlo bien acudiendo de prisa. HARPAGÓN ¿Qué vienes a hacer aquí, verdugo? LA MERLUZA A deciros que vuestros dos caballos están desherrados. HARPAGÓN Que los lleven rápidamente a lo del herrero. CLEANTO Mientras esperamos que estén herrados, voy a hacer por vos los honores de vuestra
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morada a la señora, padre mío, y la conduciré al jardín donde haré llevar la colación. ESCENA DECIMOCUARTA Harpagón, Valerio HARPAGÓN Valerio, vigila un poco todo esto; y cuida, te ruego, de salvarme lo más que puedas, para devolvérselo al mercader. VALERIO Está bien. HARPAGÓN (solo) Oh, hijo impertinente, ¿tienes deseos de arruinarme?
ACTO CUARTO
ESCENA PRIMERA Cleanto, Mariana, Elisa, Frosina
CLEANTO Entremos aquí, estaremos mucho mejor. Ya no hay a nuestro alrededor ninguna persona sospechosa, y podemos hablar libremente. ELISA Sí, señora, mi hermano me ha confiado la pasión que siente por vos. Conozco los pesares y los disgustos que son capaces de causar semejantes obstáculos; y os aseguro que me intereso en vuestra aventura con una afección extrema. MARIANA Es dulce consuelo ver de nuestra parte a una persona como vos; y os conjuro, señora, a que me conservéis siempre esa generosa amistad, tan capaz de endulzarme las crueldades de la fortuna. FROSINA ¡A fe mía! Sois desdichados el uno y la otra por no haberme advertido de vuestro asunto antes de todo esto. Seguramente yo os hubiera evitado este disgusto, y no hubiera llevado las cosas al punto en que están. CLEANTO ¿Qué quieres? Es mi destino adverso el que lo ha dispuesto así. Pero, bella Mariana, ¿cuál es vuestra resolución? MARIANA Ay, ¿está en mi mano el tomar resoluciones? ¿Puedo forjar otra cosa que deseos en la dependencia en que me veo? CLEANTO ¿Ningún otro apoyo para mí en vuestro corazón que simples deseos? ¿Ninguna piedad
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oficiosa? ¿Ninguna segura bondad? ¿Ninguna afección activa? MARIANA ¿Qué podría deciros? Ponéos en mi lugar y ved lo que puedo hacer. Aconsejad, ordenad vos mismo: me remito a vos, y os creo demasiado razonable para querer exigir de mí otra cosa que lo que me está permitido por el honor y la decencia. CLEANTO Ay, ¿a qué me reducís, limitándome a lo que puedan permitirme los enojosos sentimientos de un riguroso honor y de una escrupulosa compostura? MARIANA ¿Pero qué queréis que haga? Aun cuando pudiera pasar sobre una cantidad de consideraciones a las que nuestro sexo está obligado, he de tener en cuenta a mi madre. Ella me ha educado siempre con una ternura extremada, y no podría resolverme a disgustarla. Proceded, actuad cerca de ella, emplead todos vuestros recursos en ganar su espíritu: podéis hacer y decir cuanto queráis, os doy licencia; y si basta con que me declare en vuestro favor, consiento de buena gana en confesarle yo misma todo lo que siento por vos. CLEANTO Frosina, mi buena Frosina, ¿querríais servirnos? FROSINA ¡A fe mía! ¿Hay que preguntarlo? Lo querría con todo mi corazón. Vos sabéis que soy por naturaleza bastante humana: el cielo no me ha dado un alma de bronce, y tengo demasiada inclinación a prestar pequeños servicios cuando veo personas que se aman mutuamente con toda rectitud y con todo honor. ¿Qué podríamos hacer aquí? CLEANTO Piensa un poco, te lo ruego. MARIANA Préstanos tus luces. ELISA Encuentra alguna invención para deshacer lo que hiciste. FROSINA Eso es bastante difícil. (A Mariana.) En cuanto a vuestra madre, es muy razonable y quizá podríamos ganarla y resolverla al transferir al hijo el regalo que quiere hacer al padre. (A Cleanto.) Pero lo malo que yo encuentro aquí es que vuestro padre es vuestro padre. CLEANTO Eso se comprende. FROSINA Quiero decir que quedará despechado si se le manifiesta una negativa; y que no estará de humor para dar en seguida su consentimiento a vuestro matrimonio. Para hacerlo bien, precisaríamos que el rechazo viniera de él mismo, tratando por algún medio de disgustarlo de vuestra persona. CLEANTO Tienes razón. FROSINA Sí, tengo razón, bien lo sé. Eso es lo necesario, pero diantres si sé cómo encontrar los medios de hacerlo. Esperad: si tuviéramos alguna mujer un poco madura, que fuera de mi talante, y representara bastante bien como para imitar a una dama de calidad, por medio
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de un tren equipado de prisa, y con un bizarro título de marquesa o de vizcondesa que supondríamos de la baja Bretaña, yo tendría bastante habilidad para hacer creer a vuestro padre que se trataba de una persona rica, dueña, además de sus casas, de cien mil escudos en dinero contante y sonante; que ella estaba perdidamente enamorada de él, y deseaba ser su mujer, hasta el extremo de donarle toda su fortuna por el contrato de matrimonio; y no dudo de que prestaría oídos a la proposición; y cuando deslumbrado por este engaño hubiera consentido en lo que os interesa, importaría poco después que se desengañara y consiguiera ver claro en el efectivo de nuestra marquesa. CLEANTO Todo eso está muy bien pensado. FROSINA Dejadme hacer. Acabo de acordarme de una de mis amigas, que nos viene de medida. CLEANTO Puedes estar segura, Frosina, de mi reconocimiento, si consigues llevar la cosa a buen término. Pero, encantadora Mariana, comencemos, os lo ruego, por ganar a vuestra madre: siempre será hacer mucho romper ese matrimonio. Os conjuro a que hagáis para ello, de vuestra parte, todos los esfuerzos que os sea posible: servíos de todo el poder que sobre ella os otorga la afección que siente por vos; desplegad sin reservas las gracias elocuentes, los topoderosos encantos que el cielo ha concedido a vuestros ojos y vuestra boca; y os lo ruego, no olvidéis ninguna de esas tiernas palabras, de esas dulces plegarias, y de esas emocionantes caricias, a las que estoy persuadido que nada se les podría rehusar. MARIANA Haré todo cuanto pueda y no olvidaré cosa alguna.
ESCENA SEGUNDA Harpagón, Cleanto, Mariana, Elisa, Frosina
HARPAGÓN (aparte, sin que lo vean) ¡Hola! Mi hijo besa la' mano de su presunta madrastra, y su presunta madrastra no se defiende mucho. ¿Si habrá algún misterio en todo esto? ELISA Ahí está mi padre. HARPAGÓN La carroza está lista. Podéis partir cuando os plazca. CLEANTO Puesto que vos no vais, padre mío, iré yo a acompañarlas. HARPAGÓN No, quedáos. Irán muy bien solas; y a vos os necesito.
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ESCENA TERCERA Harpagón, Cleanto
HARPAGÓN Ahora, escucha, interés de madrastra aparte, ¿qué te parece a ti esta persona? CLEANTO ¿Que qué me parece? HARPAGÓN Sí, ¿su aire, su talle, su belleza, su ingenio? CLEANTO Así, así. HARPAGÓN Pero, ¿en fin? CLEANTO Para hablaros francamente, no la he encontrado hasta aquí todo lo que la había creído. Su aire es de coqueta consumada; su talle, bastante desairado, su belleza muy mediocre, y su ingenio de los más vulgares. No creáis, padre, que lo diga por disgustaros; porque madrastra por madrastra me da lo mismo ésta que cualquier otra. HARPAGÓN Sin embargo, hace un momento tú le decías... CLEANTO Le decía algunas amabilidades en vuestro nombre, pero era por complaceros. HARPAGÓN Así, pues, ¿no tendríais inclinación alguna por ella? CLEANTO ¿Yo? En absoluto. HARPAGÓN Eso me disgusta; porque destruye una idea que me había venido a la mente. Al verla aquí, me he puesto a reflexionar sobre mi edad; y he pensado que podría dar motivos de murmuración el que me casara con una persona tan joven. Esta consideración me aconsejaba abandonar el proyecto; pero como la he hecho pedir, y me he comprometido con ella de palabra, te la hubiera dado a ti, a no mediar la aversión que tú le demuestras. CLEANTO ¿A mí? HARPAGÓN A ti. CLEANTO ¿En matrimonio? HARPAGÓN En matrimonio. CLEANTO Escuchad : es cierto que ella no es muy de mi gusto; pero por complaceros, padre, me resolvería a desposarla, si lo queréis. HARPAGÓN ¿Yo? Yo soy más razonable de lo que piensas: no quiero forzar tu inclinación.
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CLEANTO Perdonadme, por amor a vos yo he de hacerme esta violencia. HARPAGÓN No, no: no puede ser feliz un matrimonio en el que la inclinación está ausente. CLEANTO Eso es algo que quizá vendrá luego, padre mío; pues se dice que el amor es a menudo un fruto del matrimonio. HARPAGÓN No: de parte del hombre no se debe arriesgar absolutamente el negocio, pues puede tener consecuencias enojosas a las que me guardaría de exponerme. Si tú hubieras sentido alguna inclinación por ella, en buena hora: te la hubiera hecho desposar en lugar de mí; pero no ocurriendo eso, seguiré adelante con mi primer proyecto y la desposaré yo mismo. CLEANTO Y bien, padre, puesto que las cosas son así, necesito descubriros mi corazón, necesito revelaros nuestro secreto. La verdad es que yo la amo, desde el día en que la vi en un paseo; que mi propósito era hasta hace poco pedírosla por mujer; y que nada me ha retenido sino la declaración de vuestros sentimientos y el temor de disgustaros. HARPAGÓN ¿La habéis visitado? CLEANTO Sí, padre mío. HARPAGÓN ¿Muchas veces? CLEANTO Bastantes, dado el tiempo que hace de ello. HARPAGÓN ¿Os han recibido bien? CLEANTO Muy bien, pero sin saber quién era yo; y eso es lo que ha provocado hace un rato la sorpresa de Mariana. HARPAGÓN ¿Le habéis declarado vuestra pasión y el propósito que teníais de casaros con ella? CLEANTO Sin duda; y aun había hecho algunos avances a su madre. HARPAGÓN ¿Aceptó ella vuestra proposición para su hija? CLEANTO Sí, muy cortésmente. HARPAGÓN ¿Y la hija corresponde mucho a vuestro amor? CLEANTO Si he de creer a las apariencias, me persuado, padre, de que siente alguna benevolencia hacia mí. HARPAGÓN (bajo, aparte) Me alegro de haber conocido semejante secreto; y eso era justamente lo que yo pedía.
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(Alto.) Ahora, ¡ea! hijo, ¿sabéis lo que hay? Que hay que pensar, os ruego, en deshaceros de vuestro amor; en cesar en todas vuestras pretensiones hacia una persona que pretendo para mí; y en casaros bien pronto con la que os destinan. CLEANTO ¡Sí, padre, así es como me burláis! Y bien, puesto que las cosas han llegado a este punto, yo os declaro que no abandonaré la pasión que siento por Mariana, que no habrá extremo al que no llegue para disputares su conquista, y que si vos tenéis en vuestro favor el consentimiento de la madre, yo tendré tal vez otros apoyos que combatirán por mí. HARPAGÓN ¿Cómo, brigante? ¿Tienes la audacia de cazar en mi coto? CLEANTO Sois vos quien cazáis en el mío; pues soy el primero según la fecha. HARPAGÓN ¿No soy yo tu padre? ¿Y no me debes respeto? CLEANTO Éstas no son cosas en que los hijos estén obligados a tener deferencia a los padres; el amor no reconoce a nadie. HARPAGÓN Yo te haré reconocerme muy bien, con buenos bastonazos. CLEANTO Todas vuestras amenazas no sirven de nada. HARPAGÓN Renunciarás a Mariana. CLEANTO De ningún modo. HARPAGÓN Dadme un bastón inmediatamente.
ESCENA CUARTA Harpagón, Cleanto, Maese Jacobo
MAESE JACOBO Eh, eh, eh, señores, ¿qué ocurre? ¿En qué pensáis? CLEANTO ¡Yo me río de eso! MAESE JACOBO (a Cleanto) Ah, señor, poco a poco. HARPAGÓN ¡Hablarme a mí con esa imprudencia! MAESE JACOBO (a Harpagón) ¡Ah, por favor, señor! CLEANTO No cejaré.
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MAESE JACOBO (a Cleanto) ¿Cómo? ¿A vuestro padre? HARPAGÓN Déjame hacer. MAESE JACOBO (a Harpagón) ¿Cómo? ¿A vuestro hijo? A mí, pase, todavía. HARPAGÓN Maese Jacobo, para demostrar que yo tengo razón, quiero hacerte a ti mismo juez de este asunto. MAESE JACOBO Consiento en ello. (A Cleanto.) Alejáos un poco. HARPAGÓN Yo amo a una niña con la que quiero casarme; y el bellaco tiene la insolencia de amarla como yo y de pretenderla pese a mis órdenes. MAESE JACOBO Ah, hace mal. HARPAGÓN ¿No es algo espantoso que un hijo quiera entrar en competencia con su padre? ¿Y por respeto no debe abstenerse de osar a mis inclinaciones? MAESE JACOBO Tenéis razón. Dejadme hablarlo y quedáos aquí. (Va al encuentro de Cleanto en el otro extremo del escenario.) CLEANTO Y bien, sí, puesto que él quiere elegirte como juez yo no retrocedo ante ello; no me importa quién sea; yo también quiero diferir a ti nuestra diferencia, Maese Jacobo. MAESE JACOBO Es mucho honor el que me hacéis. CLEANTO Estoy enamorado de una joven que responde a mis deseos y recibe tiernamente la ofrenda de mi palabra; y mi padre se ocupa de venir a perturbar nuestro amor haciendo pedir su mano. MAESE JACOBO Hace mal, ciertamente. CLEANTO ¿No tiene vergüenza de pensar en casarse, a su edad? ¿Le corresponde andar todavía enamorado? ¿Y no debería dejar esa ocupación a los jóvenes? MAESE JACOBO Se chancea, tenéis razón. Dejadme decirle dos palabras. (A Harpagón.) Y bien, vuestro hijo no es tan terrible como decís, pues entra en razón. Dice que reconoce el respeto que os debe, que se ha arrebatado en el primer momento, y que no rehusará someterse a lo que os plazca siempre que queráis tratarlo mejor de lo que lo hacéis, y darle en matrimonio alguna persona de la que pueda quedar satisfecho. HARPAGÓN Ah, dile, Maese Jacobo, que con eso podrá esperarlo todo de mí; y que, fuera de Mariana, le dejo en libertad de escoger a la que quiera. MAESE JACOBO
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Dejadme hacer. (Va hacia el hijo.) Y bien, vuestro padre no es tan irracional como vos lo presentáis; me ha dicho que son vuestros arrebatos los que lo han encolerizado; que él no desaprueba más que vuestra manera de proceder y que estará dispuesto a acordaros lo que deseéis, siempre que lo solicitéis con dulzura, otorgándole la deferencia, el respeto y la sumisión que un hijo debe a su padre. CLEANTO Ah, Maese Jacobo, puedes asegurarle que si él me concede a Mariana, me verá siempre como el más sumiso de los hombres; y que jamás haré cosa alguna sino de acuerdo a su voluntad. MAESE JACOBO (a Harpagón) Está hecho. Consiente en lo que decís. HARPAGÓN Entonces todo va perfectamente. MAESE JACOBO (a Cleanto) Todo ha terminado. Está satisfecho con vuestras promesas. CLEANTO ¡Loado sea el cielo! MAESE JACOBO Señores, no tenéis más que hablar juntos: ahora ya estáis de acuerdo; íbais a regañar porque no os entendíais. CLEANTO Mi buen Maese Jacobo, te quedaré reconocido toda mi vida. MAESE JACOBO No hay de qué, señor. HARPAGÓN Me has complacido, Maese Jacobo, y eso merece una recompensa. (Harpagón registra su bolsillo: Maese Jacobo tiende la mano; pero Harpagón no saca más que su pañuelo diciendo:) Ve, me acordaré de ello, te lo aseguro. MAESE JACOBO Os beso las manos.
ESCENA QUINTA Harpagón, Cleanto
CLEANTO Os pido perdón, padre mío, por la violencia que he demostrado. HARPAGÓN Eso no es nada. CLEANTO Os aseguro que lo lamento con toda mi alma. HARPAGÓN Y yo me alegro con toda mi alma de verte razonable. CLEANTO
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¡Qué bondad habéis tenido para olvidar tan rápidamente mi falta! HARPAGÓN Las faltas de los hijos se olvidan fácilmente cuando vuelven a su deber. CLEANTO ¿Cómo? ¿No guardáis ningún resentimiento por todas mis extravagancias? HARPAGÓN Es algo a que tú me obligas por la sumisión y el respeto en que te colocas. CLEANTO Os aseguro, padre, que conservaré en mi corazón hasta la muerte el recuerdo de vuestras bondades. CLEANTO Y yo te aseguro que no habrá cosa alguna que no obtengas de mí. CLEANTO Ah, padre, no os pido nada más; de sobra me habéis dado al darme la mano de Mariana. HARPAGÓN ¿Cómo? CLEANTO Digo, padre mío, que estoy por demás contento de vos, y que todas las cosas se concentran para mí en la bondad que habéis tenido de-concederme a Mariana. HARPAGÓN ¿Quién es el que habla de concederte a Mariana? CLEANTO Vos, padre mío. HARPAGÓN ¿Yo? CLEANTO Sin duda. HARPAGÓN ¿Cómo? Eres tú quien has prometido renunciar a ella. CLEANTO ¿Yo, renunciar a ella? HARPAGÓN Sí. CLEANTO De ningún modo. HARPAGÓN ¿No has desistido de pretenderla? CLEANTO Al contrario, me inclino a ello más que nunca. HARPAGÓN ¿Cómo? ¿De nuevo, brigante? CLEANTO Nada puede moverme. HARPAGÓN Déjame-hacer, traidor. CLEANTO
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Haced todo lo que os plazca. HARPAGÓN Te prohibo verme jamás. CLEANTO En buena hora. HARPAGÓN Te abandono. CLEANTO Abandonadme. HARPAGÓN Te reniego como hijo. CLEANTO Sea. HARPAGÓN Te desheredo. CLEANTO Todo cuanto queráis. HARPAGÓN Y te lanzo mi maldición. CLEANTO No sé qué hacer con vuestros dones.
ESCENA SEXTA Cleanto, La Flecha
LA FLECHA (saliendo del jardín con una arquilla) ¡Ah, señor, que a tiempo os encuentro! ¡Seguidme rápido! CLEANTO ¿Qué pasa? LA FLECHA Seguidme, os digo, que estamos bien. CLEANTO ¿Cómo? LA FLECHA Éste es vuestro negocio. CLEANTO ¿Qué? LA FLECHA He acechado esto todo el día. CLEANTO ¿Pero qué es eso? LA FLECHA El tesoro de vuestro padre, que he atrapado. CLEANTO ¿Cómo has hecho? LA FLECHA
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Todo lo sabréis. Escapemos, que lo oigo gritar.
ESCENA SÉPTIMA
HARPAGÓN (solo, gritando al ladrón desde el jardín y llegando sin sombrero) ¡Al ladrón! ¡Al ladrón! ¡Al asesino! ¡Al matador! ¡Justicia, justo Cielo! Estoy perdido, he sido asesinado, me han degollado, me han robado mi dinero. ¿Quién puede ser? ¿Qué se ha hecho? ¿Dónde está? ¿Dónde se oculta? ¿Qué haré para encontrarlo? ¿Dónde correr? ¿Dónde no correr? ¿No está allí? ¿No está aquí? ¿Qué es esto? ¡Detente! (a sí mismo tomándose por el brazo). Devuélveme mi dinero, tunante... Ah, soy yo. Mi espíritu está perturbado, e ignoro dónde estoy, quién soy y qué es lo hago. Ay, mi pobre dinero, mi querido amigo, me han privado de ti; y puesto que me has sido arrebatado he perdido mi apoyo, mi consolación, mi dicha; todo ha terminado para mi, nada más tengo que hacer en el mundo: sin ti me es imposible vivir. Esto es hecho, no puedo más; me muero, estoy muerto, estoy enterrado. ¿No hay nadie que quiera resucitarme devolviéndome mi querido dinero, o indicándome quién lo ha tomado? ¿Eh? ¿Qué decís? No hay nadie. Quienquiera que sea quien ha dado el golpe, preciso es que haya espiado la hora con mucho cuidado; y han escogido justamente el momento en que yo hablaba a mi traidor de hijo. Salgamos. Quiero ir a llamar a la justicia, y someter a la tortura a toda la casa, sirvientes, lacayos, hijo, hija y a mí mismo. ¡Cuánta gente junta! No llego a mirar a nadie sin que me produzca sospechas, todos me parecen mi ladrón. ¿Eh, de qué están hablando allí? ¿Es mi ladrón quien está ahí? Por favor, si se conocen nuevas de mi ladrón, suplico que me lo digan. lo está escondido allí entre vosotros? Todos me miran y echan a reír. Veréis que han participado sin duda en el bo de que he sido víctima. Vamos, rápido, comisarios, areros, prebostes, jueces, torturas, patíbulos y verdugos. fiero hacer ahorcar a todo el mundo; y si no recobro mi fiero. me ahorcaré yo mismo después.
ACTO QUINTO
ESCENA PRIMERA Harpagón, el Comisario, su Pasante
EL COMISARIO Dejadme hacer: conozco mi oficio, gracias a Dios. No es de hoy que me ocupo en descubrir robos; y quisiera tener tantos sacos de mil francos como hombres he hecho ahorcar. HARPAGÓN
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Interesa a todos los magistrados el poner en claro este asunto; pues si no me hacen recuperar mi dinero, pediré justicia de la¡ justicia. EL COMISARIO Hay que realizar todos los trámites requeridos. ¿Decís que había en esa arquilla...? HARPAGÓN Diez mil escudos bien contados. EL COMISARIO ¡Diez mil escudos! HARPAGÓN (llorando) Diez mil escudos. EL COMISARIO El robo es considerable. HARPAGÓN No hay suplicio bastante grande para la enormidad de este crimen; y si permanece impune, las cosas más sagradas no están ya seguras. EL COMISARIO ¿En qué monedas estaba esa suma? HARPAGÓN En buenos luises de oro y doblones contantes y sonantes. EL COMISARIO ¿A quién sospecháis como autor del robo? HARPAGÓN A todo el mundo; y deseo que arrestéis a toda la ciudad y sus alrededores. EL COMISARIO Si queréis creerme, preciso es no asustar a nadie, y tratar silenciosamente de conseguir algunas pruebas a fin de proceder después con rigor para recuperar los dineros que os
ESCENA SEGUNDA Maese Jacobo, Harpagón, el Comisario, su Pasante
MAESE JACOBO (al fondo del escenario, dándose vuelta hacia donde ha entrado) Vuelvo en seguida. Que lo degüellen inmediatamente; que le aten las patas, que lo metan en agua hirviendo y que lo cuelguen del techo. HARPAGÓN (a Maese Jacobo) ¿A quién? ¿Al que me ha robado? MAESE JACOBO Hablo de un lechón que vuestro mayordomo acaba de enviarme, y que quiero aderezar a mi gusto. HARPAGÓN No se trata de eso; aquí está el señor a quien hay que hablar de otra cosa. EL COMISARIO (a Maese Jacobo) No os asustéis. Yo no soy hombre para dañaros y las cosas marcharán suavemente.
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MAESE JACOBO ¿El señor está invitado a vuestra cena? EL COMISARIO Mi querido amigo, en esto no hay que ocultar nada a vuestro amo. MAESE JACOBO A fe mía, señor, demostraré cuánto sé hacer, y os trataré lo mejor que me sea posible. HARPAGÓN Ese no es el asunto. MAESE JACOBO Si no os preparo tan buenos platos, como quisiera, la culpa es de nuestro señor Mayordomo, que me ha recortado las alas con las tijeras de su economía. HARPAGÓN Traidor, se trata de muy otra cosa que de la cena; y quiero que me digas algo sobre el dinero que me has sustraído. MAESE JACOBO ¿Os han sustraído dinero? HARPAGÓN Sí, tunante, y te haré ahorcar si no me lo devuelves. EL COMISARIO (a Harpagón) ¡Dios mío, no lo maltratéis! En su cara veo que es hombre honrado, y que sin hacerse arrestar os descubrirá lo que queréis saber. Sí, amigo mío, si nos confesáis la cosa, no se os hará mal alguno, y seréis recompensado como corresponde por vuestro amo. Le han robado hoy su dinero, y no puede ser que no sepais algo sobre el asunto. MAESE JACOBO (aparte) Esto es justamente lo que necesito para vengarme de nuestro mayordomo: desde que ha entrado aquí es el favorito, no se escuchan sino sus consejos, y me pesan todavía en el corazón los bastonazos de hace un rato. HARPAGÓN ¿Qué tienes que rumiar? EL COMISARIO (a Harpagón) Dejadle hacer: se' prepara a satisfaceros, pues bien os decía yo que era un hombre honrado. MAESE JACOBO Señor, si queréis que os diga las cosas como son, creo que es vuestro querido señor Mayordomo el que ha dado el golpe. HARPAGÓN ¿Valerio? MAESE JACOBO Sí. HARPAGÓN ¿Él, que me parecía tan fiel? MAESE JACOBO El mismo. Yo creo que es él quien os ha robado. HARPAGÓN ¿Y por qué lo crees tú?
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MAESE JACOBO ¿Por qué? HARPAGÓN Sí. MAESE JACOBO Lo creo... porque lo creo. EL COMISARIO Pero es necesario declarar los indicios que tenéis. HARPAGÓN ¿Lo has visto rondar en torno del sitio donde yo había puesto mi dinero? MAESE JACOBO Sí, claro que sí. ¿Dónde estaba vuestro dinero? HARPAGÓN En el jardín. MAESE JACOBO Justamente: lo he' visto rondar por el jardín. ¿Y en qué estaba guardado ese dinero? HARPAGÓN En una arquilla. MAESE JACOBO Ya está el negocio: lo he visto con una arquilla. HARPAGÓN ¿Y cómo era esa arquilla? Me daré cuenta de si es la mía. MAESE JACOBO ¿Cómo era? HARPAGÓN Sí. MAESE JACOBO Era... era como una arquilla. EL COMISARIO Eso se comprende. Pero describidla un poco, para ver. MAESE JACOBO Era una arquilla grande. HARPAGÓN La que me han robado es pequeña. MAESE JACOBO Eh, sí, es pequeña si se la quiere tomar así; pero yo la llamo grande por lo que contiene. EL COMISARIO ¿Y de qué color es? EL COMISARIO Sí. MAESE JACOBO Es de un color... de cierto color... ¿No podría ayudarme a decirlo? HARPAGÓN ¿Eh? MAESE JACOBO ¿No es roja?
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HARPAGÓN No, gris. MAESE JACOBO Y sí, gris rojizo: es lo que yo quería decir. HARPAGÓN No hay duda alguna: es ésa seguramente. Escribid, señor, escribid su disposición. ¡Cielos! ¿A quién fiarse en adelante? No es posible creer en nadie; después de esto creo que soy capaz de robarme a mí mismo. MAESE JACOBO Señor, aquí se aproxima. Al menos no vayáis a decirle que soy yo quien os ha descubierto esto.
ESCENA TERCERA Valerio, Harpagón. El Comisario, su Pasante, Maese Jacobo
HARPAGÓN Acércate: ven a confesar la acción más negra, el atentado más horrible que haya sido cometido jamás. VALERIO ¿Qué queréis, señor? HARPAGÓN ¿Cómo, traidor, no te ruborizas de tu crimen? VALERIO ¿De qué crimen queréis hablar? HARPAGÓN ¿De qué crimen quiero hablar, infame? ¡Como si tú no supieras lo que quiero decir! Es en vano que pretendas disfrazarlo: el asunto ha sido descubierto y acaban de informarme de todo. ¿Por qué abusar así de mi bondad, introduciéndote expresamente en mi casa para traicionarme? ¿Para jugarme una mala pasada de esta naturaleza? VALERIO Señor, puesto que os lo han descubierto todo, no quiero usar de más subterfugios ni negaros la cosa. MAESE JACOBO (aparte) Oh, oh, ¿habré adivinado sin darme cuenta? VALERLO Mi propósito era decíroslo, quería esperar para ello una coyuntura favorable, pero puesto que es así, os conjuro a que no os encolericéis y a que consintáis en escuchar mis razones. HARPAGÓN ¿Y qué buenas razones puedes darme, infame ladrón? VALERLO
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Ah, señor, yo no merezco esos nombres. Es cierto que os he hecho víctima de una ofensa; pero después de todo, mi falta es perdonable. HARPAGÓN ¿Cómo perdonable? ¿Una emboscada, un asesinato de esa especie? V ALERIO Por favor, no montéis en cólera. Cuando me hayáis oído veréis que el mal no es tan grande como os parece. HARPAGÓN El mal no es tan grande como me parece. ¡Cómo! ¿Mi sangre, mis entrañas, bergante? VALERIO Vuestra sangre, señor, no ha caído en malas manos. Mi condición es tal que no puede ofenderla, y en todo esto no hay nada que no pueda ser perfectamente reparado. HARPAGÓN Ésa es mi intención, que me restituyas lo que me has arrebatado. VALERIO Vuestro honor, señor, quedará plenamente satisfecho. HARPAGÓN No se trata del honor en este asunto. Pero, dime, ¿qué te ha inducido a esta acción? VALERIO ¡Ay! ¿Y me lo preguntáis? HARPAGÓN Sí, verdaderamente, te lo pregunto. VALERIO Un Dios que aporta excusas para cuanto hace hacer: el Amor. HARPAGÓN ¿El Amor? VALERIO Sí. HARPAGÓN Lindo amor, lindo amor, a fe mía. ¡El amor de mis luises de oro! VALERIO No, señor, no son vuestras riquezas las que me han tentado; no son ellas las que me han deslumbrado, y protesto que no pretendo ninguno de todos vuestros bienes, con tal de que me dejéis ese que poseo. HARPAGÓN No lo haré, por todos los diablos, no te lo dejaré. ¡Pero ved qué insolencia querer retener el robo que me ha hecho! VALERIO ¿Vos llamáis a eso un robo? HARPAGÓN ¿Si lo llamo un robo? ¡Un tesoro como ése! VALERIO Es cierto, es un tesoro, el más precioso sin duda de los que tenéis; pero el dejármelo no será perderlo. Os lo pido de rodillas a ese tesoro lleno de encantos; y si queréis obrar bien, preciso es que me lo acordéis.
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HARPAGÓN No lo haré de ningún modo. ¿Qué quiere decir esto? VALERIO Nos hemos prometido mutua fidelidad, y hemos hecho juramento de no abandonarnos nunca. HARPAGÓN El juramento es admirable, y la promesa, graciosa. VALERIO Sí, nos hemos comprometido a ser por siempre el uno de de la otra. HARPAGÓN Yo os lo impediré perfectamente, os lo aseguro. VALERIO Nada sino la muerte puede separarnos. HARPAGÓN Esto es perseguir endiabladamente mi dinero. VALERIO Ya os he dicho, señor, que no era ése el interés que me había impulsado a hacer lo que he hecho. No han sido los resortes que os imagináis los que han movido mi corazón, pues esta resolución me ha sido inspirada por más noble motivo. HARPAGÓN Ya veréis que es por caridad cristiana por lo que quiere apoderarse de mi dinero; pero yo pondré todo en ornen; y la justicia, desvergonzado tunante, me va a dar razón de todo. VALERIO Vos procederéis como queráis; estoy pronto a sufrir todas las violencias que os plazcan; pero os ruego que creáis, al menos, que si ha habido mal en esto, no hay que acusarme de él más que a mí, y que vuestra hija carece completamente de culpa. HARPAGÓN Bien lo creo, por cierto; sería muy raro que mi hija hubiera participado en este crimen. Pero quiero ver de nuevo mi fortuna, y que tú me confieses a qué lugar me la has llevado. VALERIO ¿Yo? Yo no me la he llevado; ella está todavía en vuestra casa. HARPAGÓN (bajo, aparte) ¡Oh, mi querida arquilla! (Alto.) ¿No ha salido de mi casa? V ALERIO No, señor. HARPAGÓN Eh, dime un poco, entonces: ¿Tú no la has tocado? VALERIO ¡Yo, tocarla! Ah, vos la ofendéis, tanto como a mí; es con pasión pura y respetuosa que he ardido por ella. HARPAGÓN (aparte) ¡Ardido por mi arquilla! VALERIO Hubiera preferido morir antes que manifestarle ningún pensamiento ofensivo: es demasiado discreta y demasiado honesta para eso.
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HARPAGÓN (aparte) ¡Mi arquilla demasiado honesta! VALERIO Todos mis deseos se han reducido a gozar de su presencia; y nada de criminal ha profanado la pasión que me inspiraran sus bellos ojos. HARPAGÓN ¡Los bellos ojos de mi arquilla! Habla de ella como un amante de su dama. VALERIO Señor, Dama Claudia sabe la verdad de esta aventura, y puede daros testimonio... HARPAGÓN ¿Cómo? ¿Mi sirvienta es cómplice del asunto? VALERLO Sí, señor, ella ha sido testigo de nuestro compromiso; y recién después de haber comprendido la honestidad de mi llama me ha ayudado a persuadir a vuestra hija de que me diera su palabra y recibiera la mía. HARPAGÓN (aparte) ¿Es que el miedo a la justicia le hace divagar? (A Valerlo.) ¿Qué nos vienes a mezclar en esto a mi hija? VALERIO Digo, señor, que me ha costado un trabajo infinito hacer consentir a su pudor en lo que mi amor deseaba. HARPAGÓN ¿El pudor de quién? VALERIO De vuestra hija; y recién ayer ha conseguido resolverse a que nos firmáramos mutuamente una promesa de matrimonio. HARPAGÓN ¡Mi hija te ha firmado una promesa de matrimonio! VALERIO Sí, señor, de igual modo qué por mi parte yo le he firmado también otra. HARPAGÓN ¡Oh, cielos! ¡Otra desgracia! MAESE JACOBO (al Comisario) Escribid, señor, escribid. HARPAGÓN ¡Agravación de delito! ¡Colmo de desesperación! (Al Comisario.) Vamos, señor, cumplid con el deber de vuestro cargo, y levantadle un proceso como ladrón y como seductor. VALERLO Son epítetos que no merezco; y cuando se sepa quién soy...
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ESCENA CUARTA Harpagón, Elisa, Valerio, Mariana, Frosina, Maese Jacobo, El Comisario, su Pasante
HARPAGÓN ¡Ah, hija desalmada! ¡Hija indigna de un padre como yo! ¿Es así como practicas las lecciones que te he dado? ¿Te dejas enamorar por un ladrón infame y te comprometes con él sin mi consentimiento? Pero os habéis engañado el uno y la otra. (A Elisa.) Cuatro buenas paredes me responderán de tu conducta. (A Valerio.) Y una buena horca, bellaco desvergonzado, me dará satisfacción por tu audacia. VALERIO No será vuestro apasionamiento quien juzgará el asunto; se me escuchará al menos, antes de condenarme. HARPAGÓN Me he equivocado al hablar de horca, porque serás enrodado vivo. ELISA (de rodillas delante de su padre) Ah, padre mío, tened sentimientos algo más humanos, os lo ruego, y no llevéis las cosas hasta la extrema violencia de la autoridad paterna. No os dejéis arrastrar por los primeros impulsos de vuestra cólera y tomaos tiempo para considerar lo que queréis hacer. Tomaos el trabajo de considerar mejor a quien os ofende; es muy distinto de lo que lo juzgan vuestros ojos; y encontraréis menos extraño que me haya entregado a él, cuando sepáis que sin él no me tendríais ya desde hace mucho tiempo. Sí, padre, fue él quien me salvó de ese gran peligro que sabéis que corrí en el agua, y a quien debéis la vida de esta misma hija cuya... HARPAGÓN No, no, no quiero oír nada; preciso es que la justicia' cumpla con su deber. MAESE JACOBO (aparte) Tú me pagarás mis bastonazos. FROSINA (aparte), ¡Vaya un extraño enredo!
ESCENA QUINTA Anselmo, Harpagón, Elisa, Mariana, Frosina, Valerio, Maese Jacobo, El Comisario, su Pasante
ANSELMO ¿Qué ocurre, señor Harpagón? Os veo muy conmovido. HARPAGÓN ¡Ah, señor Anselmo, aquí veis al más infortunado de los hombres; y cuánta perturbación
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y desorden para el contrato que venís a firmar! Me asesinan en mi fortuna, me asesinan en mi honor; éste es el traidor, el forajido que ha violado los derechos más santos, que se ha deslizado en mi casa bajo el disfraz de doméstico, para robarme mi dinero y seducirme la hija. V ALERIO ¿Quién piensa en vuestro dinero con el que me hacéis un galimatías? HARPAGÓN Sí, se han hecho uno al otro promesa de matrimonio. Esta afrenta os alcanza, señor Anselmo, y sois vos quien debéis tomar partido contra él y hacer (a vuestras expensas) todos los trámites judiciales para vengaros de su insolencia. ANSELMO No es mi propósito casarme a la fuerza, ni pretender nada de un corazón que ya se ha entregado; pero estoy pronto a abrazar vuestros intereses como los míos propios. HARPAGÓN Aquí está el señor, que es un comisario honrado, y que según me ha dicho, no olvidará nada de las funciones de su cargo. (Al comisario, mostrándole a Valerio.) Cargadle como corresponde, señor, y volved las cosas bien criminales. VALERIO No veo qué crimen puede hacérseme de la pasión que siento por vuestra hija; y en cuanto al suplicio a que creéis que puedo ser condenado por nuestro compromiso, cuando se sepa quién soy... HARPAGÓN Me río yo de todos esos cuentos; hoy día el mundo está lleno de esos ladrones de nobleza, de esos impostores, que beneficiándose con su oscuridad, se visten insolentemente con el primer nombre ilustre que se les ocurre tomar. VALERIO Sabed que mi corazón es demasiado noble para adornarme con cualquier cosa que no me pertenezca, y que todo Nápoles puede dar testimonio de mi nacimiento. ANSELMO ¡Poco a poco! Tened cuidado con lo que vais a decir. Arriesgáis aquí más de lo que habéis pensado; pues habláis delante de un hombre que conoce a todo Nápoles, y que puede fácilmente ver claro en la historia que forjéis. VALERIO (poniéndose orgullosamente su sombrero) No soy hombre para temer nada, y si Nápoles os es conocido, sabréis quién era Don Tomás de Alburci. ANSELMO Lo sé, sin duda; y pocas personas lo han conocido mejor - que yo. HARPAGÓN A mí no me importa ni de Don Tomás ni de Don Martín (al ver encendidas dos velas, apaga una). ANSELMO Por favor, dejadle hablar; veremos lo que quiere decir. VALERIO Quiero decir que fue él quien me dio la vida. ANSELMO ¿É1?
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VALERIO Sí. ANSELMO Quitad; vos os burláis. Buscad alguna otra historia que os pueda dar mejor resultado, y no pretendáis salvaros bajo esta impostura. VALERIO Hablad con más respeto. Eso no es una impostura; pues no adelanto nada que no me sea fácil probar. ANSELMO ¿Qué? ¿Osáis deciros hijo de Don Tomás de Alburci? V ALERIO Sí, lo oso; y estoy pronto a sostener esta verdad contra quien sea. ANSELMO La audacia es maravillosa. Sabed, para confusión vuestra, que hace por lo menos dieciséis años que el hombre de quien nos habláis pereció en el mar con sus hijos y su mujer, mientras trataba de sustraer su vida a las crueles per secuciones que acompañaron a los desórdenes de Nápoles, y que hicieron exilarse a muchas nobles familias. VALERIO Sí; pero sabed, para confusión vuestra, que su hijo, de siete años de edad, fue salvado junto con un criado de ese naufragio por un navío español, y que ese hijo salvado es quien os habla; sabed que el capitán de ese navío, conmovido por mi suerte, sintió afecto por mí; que me hizo educar como su propio hijo, y que las armas fueron mi oficio desde que me sentí capaz de él; que desde hace poco he sabido que mi padre no estaba muerto como lo había creído siempre; que pasando por aquí para ir a buscarle, una aventura, decretada por el Cielo, me hizo conocer a la encantadora Elisa; que este conocimiento me hizo esclavo de su belleza; y que la violencia de mi amor y la severidad de su padre, me hicieron tomar la resolución de introducirme en su domicilio, enviando a otro en busca de mis padres. ANSELMO ¿Pero qué otras pruebas, además de vuestras palabras, pueden asegurarnos que esta no sea fábula edificada por vos sobre una base de verdad? V ALERIO El capitán español; un sello de rubíes que era de mi padre; un brazalete de ágata que mi madre me puso en el brazo; y el viejo Pedro, ese criado que conmigo se salvó del naufragio. MARIANA Ay, yo puedo responder aquí a vuestras palabras, yo, a quien vos no engañáis; pues todo cuanto decís me hace comprender claramente que sois mi hermano. VALERIO ¿Vos mi hermana? MARIANA Sí. Mi corazón se conmovió desde que abristeis la boca; pues nuestra madre, a quien vais a llenar de dicha, me ha hablado mil veces de las desgracias de nuestra familia. Tampoco a nosotros nos hizo perecer el Cielo en ese triste naufragio; pero nos salvó la vida sólo para que perdiéramos nuestra libertad; fueron unos corsarios los que nos recogieron a mi
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madre y a mí sobre un resto de nuestro navío. Después de diez años de esclavitud, un dichoso azar nos devolvió nuestra libertad, y volvimos a Nápoles, donde encontramos nuestro patrimonio vendido, sin que pudiéramos conseguir noticias de nuestro padre. Pasamos a Génova, donde mi madre fue a reunir algunos desdichados restos de una sucesión despedazada; y de allí huyendo de la bárbara injusticia de sus parientes, vino a estos lugares, donde casi no ha vivido sino una apariencia de vida. ANSELMO ¡Oh, Cielo! ¡Cuáles son los caminos de tu poder! ¡Qué bien demuestras que sólo a ti pertenece el hacer milagros! Abrazadme, hijos míos, y unid ambos vuestros transportes a los de vuestro padre. VALERIO ¿Vos sois nuestro padre? MARIANA ¿Sois vos a quien mi madre ha llorado tanto? ANSELMO Sí, hija mía; sí, hijo; yo soy Don Tomás de Alburci, a quien el Cielo salvó de las olas con todo el dinero que llevaba, y que habiéndoos creído muertos durante más de dieciséis años, se preparaba, después de largos viajes, a buscar en el himeneo con esta dulce y discreta persona el consuelo de una nueva familia. La poca seguridad que encontré para mi vida al retornar a Nápoles, me hizo renunciar a él para siempre; y habiendo encontrado el medio de hacer vender cuanto allí tenía, me domicilié aquí, donde, bajo el nombre de Anselmo, he querido librarme de los pesares de ese otro nombre que me ha causado tantas desdichas. HARPAGÓN ¿Es ése vuestro hijo? ANSELMO Sí. HARPAGÓN Os entablo proceso por el pago de diez mil escudos que me ha robado. ANSELMO ¿Él, haberos robado? HARPAGÓN Él mismo. VALERIO ¿Quién os ha dicho eso? HARPAGÓN Maese Jacobo. VALERIO (a Maese Jacobo) ¿Eres tú quien lo dice? MAESE JACOBO Bien veis que yo no digo nada. HARPAGÓN Sí: ahí está el señor comisario que ha recibido su deposición. VALERIO ¿Podéis creerme capaz de una acción tan vil? HARPAGÓN
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Capaz o no capaz quiero reunirme con mi dinero.
ESCENA ÚLTIMA Harpagón, Anselmo, Elisa, Mariana, Cleanto, Valerio, Frosina, el Comisario, su Pasante, Maese Jacobo, La Flecha
CLEANTO No os atormentéis más, padre mío, ni acuséis a nadie. He conseguido noticias de vuestro asunto, y vengo aquí a deciros que si queréis resolveros a dejarme casar con Mariana, os será devuelto vuestro dinero. HARPAGÓN ¿Dónde está? CLEANTO No os preocupéis: está en un lugar del que yo respondo y todo depende solamente de mí. A vos os toca decirme qué determináis: y podéis escoger: o darme a Mariana, o perder vuestra arquilla. HARPAGÓN ¿No le han sacado nada? CLEANTO Nada en absoluto. Ved si es vuestro propósito suscribir a ese matrimonio y unir vuestro consentimiento al de su madre, que la deja en libertad de elegir entre nosotros dos. MARIANA (a Cleanto) Pero vos no sabéis que no basta con ese consentimiento, y que el Cielo, junto con un hermano al que estáis viendo (mostrando a Valerio) acaba de devolverme un padre (indicando a Anselmo) de quien tenéis que obtenerme. ANSELMO Hijos míos, el Cielo no me devuelve a vosotros para que me ponga en contra de vuestros deseos. Señor Harpagón, comprendéis bien que la elección de una joven recaerá en el hijo antes que en el padre. Vamos, no os hagáis decir lo que no se necesita escuchar y consentid, como yo, en este doble matrimonio. HARPAGÓN Para tomar partido, preciso es que vea yo mi arquilla. CLEANTO La veréis sana y salva. HARPAGÓN Yo no tengo dinero para dar mis hijos en matrimonio. ANSELMO Y bien, yo lo tengo para ellos; que eso no os inquiete. HARPAGÓN ¿Os comprometéis a cubrir todos los gastos de estos dos casamientos? ANSELMO
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El Avaro
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Sí, me comprometo a ello: ¿estáis satisfecho? HARPAGÓN Sí, con tal de que para las bodas me hagáis hacer un traje. ANSELMO De acuerdo. Vamos a gozar de la alegría que este día feliz nos aporta. EL COMISARIO ¡Hola, señores, hola! Poco a poco, si no os parece mal: ¿quién me paga mis escritos? HARPAGÓN Vuestros escritos no nos sirven para nada. EL COMISARIO ¡Sí! Pero por mi parte no acepto el haberlos hecho por nada. HARPAGÓN (señalando a Maese Jacobo) Para cobraros, ahí tenéis un hombre que os doy para que lo ahorquéis. MAESE JACOBO Ay, ¿cómo hay que hacer entonces? Me atizan bastonazos por decir la verdad y quieren ahorcarme por mentir. ANSELMO Señor Harpagón, hay que perdonarle esa impostura, HARPAGÓN ¿Entonces, vos pagaréis al comisario? ANSELMO Sea. Vamos rápido a hacer partícipe de nuestra dicha a vuestra madre. HARPAGÓN Y yo a vigilar mi cara arquilla.
FIN
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